#527. Willy Wonka and the Chocolate Factory (Mel Stuart, 1971)

★★★½ (7/10)

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Con las dosis justa de ternura, enseñanza y humor negro, en 1971 llegaba a la pantalla Willy Wonka and the Chocolate Factory. El libro de Roald Dahl es trasladado con todos los ingredientes originales (y esto se debe a que el mismísimo Dahl se hizo cargo del guión) y logra que la inmensa imaginación del autor se vuelva realidad superándose dentro de los parámetros del campo cinematográfico.

La fantasía musical se toma su tiempo para presentar a cada uno de los personajes, siempre con gracia y una ironía presente que pareciera sonreírle más al espectador adulto que al niño con ansias de probar uno de los tantos dulces chocolatosos de la marca Wonka. Y es precisamente en el excéntrico Willy Wonka (Gene Wilder), más parecido al sombrerero loco de Alicia que al pseudo Michael Jackson del film de Tim Burton, que los ingredientes de la receta Dahl se ven integrados con el talento del comediante. Una cucharada de una imaginativa escenografía que posee cataratas de chocolate, flores para beber té, viajes psicotrópicos en bote o un delicioso elixir que levita a quien lo beba.

Lo cierto es que el relato escapa, o disfraza mejor dicho, al mensaje moral dedicado a los niños decorándolo entre distintos pasajes musicales, la inventiva creación de ese mundo aparte que es la fábrica en sí  y la locura que, tanto vengativa como divertida, alecciona a los niños con temor entre la rareza del creador de dulces y sus empleados, los extraños y algo perturbadores Oompa Loompas.

El aprendizaje para los niños, y por qué no para unos cuantos adultos, está allí pero sin intenciones de adoctrinar a nadie. La historia haya su severidad en los acontecimientos narrados a la vez que estimula la sorpresa y la imaginación con el arte y la versatilidad de Wonka para que uno lo quiera y lo tema a la vez. Basta tan solo verlo hablando con la mirada perdida, balbuceando palabras en francés o alemán y enfadarse violentamente para temer a la única persona que ve los males de la sociedad (sin distinción de nacionalidades) y que sin embargo logra crear su propio espacio para dotar de magia y bondad a la triste realidad. Lo logra Wonka con su fabulosa fábrica y lo logra Wilder con su interpretación. Y es en ese pequeño lugar en el mundo, la fábrica de chocolate y la fábrica de sueños que es el cine, donde una historia como ésta endulza con encanto la experiencia de quien la vea.

Por Nicolás Ponisio

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