#1143. Inside Llewyn Davis (Joel y Ethan Coen, 2013)

★★★★ (8/10)

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“Ya en aquel tiempo los que habían podido escapar de una muerte horrorosa estaban en sus hogares, salvos de los peligros de la guerra y del mar; y solamente Ulises, que tan gran necesidad sentía de restituirse a su patria y ver a su consorte, hallábase detenido en hueca gruta por Calipso, la ninfa veneranda, la divina entre las deidades, que anhelaba tomarlo por esposo”.

A diferencia del poema de Homero que se centra en la figura de Ulises, el film de los Coen deposita su mirada en Llewyn (Oscar Isaac), compañero de viaje de un Ulises felino. El héroe griego toma la forma de un músico folk de la década del sesenta que se haya en un viaje tan dificultoso como el de la epopeya. Una odisea llena de pruebas a sortear y miserias constantes como la de un artista que intenta abrirse camino en el viaje de la vida.

Los Coen, artistas mayores que supieron hallar su propia voz en sus relatos, deciden narrar los días grises de un artista, que como a tantos otros, se le es negada la oportunidad de triunfar, de hacerse oír para aquellos que realmente desean escuchar. Nadie dijo que la vida del arte sea fácil, pero cuando ingresan en los grandes éxitos un tema como Please, Mr Kennedy es imposible no tener la moral golpeada y arrastrándose por un viejo callejón.

Llewyn se halla constantemente en su propia gruta, una que difícilmente sea alcanzada por la luz del Sol (la fotografía grisácea del film se ocupa de acentuarlo). El hogar al que debería volver es inexistente. Como una suerte de Blanche Dubois, Llewyn siempre depende de la amabilidad de los extraños que le ofrecen un techo (sea de un hogar o de un auto) para dormir y salvaguardarse del frío invierno.

En esa constante gruta sin escapatoria que Llewyn tiene por vida tampoco hay lugar para deidades que anhelen su amor o compañía. Jean (Carey Mulligan), una amiga con quien tuvo relaciones, tiene al desprecio como único sentimiento hacia él y una inmensa falta de comprensión por su intento de supervivencia en el mundo artístico. Incomprensión que parece habitar en cada persona que se relaciona con él. Jean, su hermana que ve como mejor opción que se vuelva a enlistar en la marina (cuando tiene otras tormentosas olas por vencer), su padre quien como en respuesta a una canción de su hijo decide literalmente cagarse encima o los Gorfein, pareja de amigos y dueños de Ulises, que entienden su arte como mero entretenimiento de salón.

Los Coen, en su segunda aproximación a la obra de Homero, la primera es la adaptación en tono de comedia que es O Brother, Where Art Thou? (2000), parecen disfrutar con el calvario vivido por su personaje. Sostenido sobre un peso dramático, pero tambíén sin poder hacer a un lado esa ironía tan suya que hace que hasta en momentos tan faltos de esperanza se logra esbozar una leve sonrisa en el rostro. El resultado de una escena, que engloba la implosión con gran carga emocional del recuerdo del fallecido viejo compañero de Llewyn y que concluye con el descubrimiento de que el gato devuelto a sus dueños no tiene genitales, es un buen ejemplo del disfrute de los Coen por el caos.

Pero en Inside Llewyn Davis la comedia y las irrupciones de humor, funcionando como Al Gody (Adam Driver) al exhalar sus Outer… space!!!, son solo eso. Irrupciones, ciertos permisos tomados por los hermanos cineastas que a fin de cuentas terminando resaltando más el pesar y el cansancio de una vida negada a mejorar. Destinada al bucle circular que significa ese ¿final? ¿comienzo?, a la infinita reiteración de los shows en bares de mala muerte, golpizas, frío y frustración.

En ambas Odiseas, la de Homero y la de los Coen, Ulises logra volver a su hogar, a los brazos de su ama(da). Y ojalá tan solo ese fuera el final, pero en dicho viaje muchos otros no pudieron regresar, siendo dejados muertos o perdidos. Llewyn pertenece a los dejados atrás, dejado por otros, dejado por la música, dejado por la vida misma. Aún así, persiste, dispuesto a continuar viajando, saludando a lo lejos con un “Au revoir” a quienes avanzan en la hueca gruta de la vida.

Por Nicolás Ponisio

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