★★★★ (8/10)

Los monstruos vienen en muchas formas, la hermosura de un drama familiar también. El film de Bong Joon-Ho presenta distinto tipos de monstruosidades que, entre el caos y la desesperación, logra que el centrarse en la familia Park resalte la humanidad en un mundo carente de ella.

La aberración mutante salida del río Han de Seúl nace del desinterés destructivo por lo que nos rodea. Un científico norteamericano, irónicamente preocupado por la extremada limpieza de su laboratorio, ordena que se arroje una infinita cantidad de residuos tóxicos que devendrán en el bestial crecimiento de la criatura devora humanos. El cine asiático siempre ha hecho despojos de sus ciudades con el ataque de mutaciones monstruosas, siendo Godzilla (Gojira) la más conocida.

El cine de Hollywood no tardaría a hacer lo mismo con invasiones frecuentemente ligadas a una amenaza externa, sea perteneciente al espacio o a una nación sin la banderita con estrellas y franjas por siempre.Aquí, es un norteamericano el responsable de la catástrofe en vez de ocupar el rol de los salvadores del planeta, en un mensaje que parece decir: “Ustedes se apropian de nuestras invenciones, ahora háganse cargo de una de ellas”.

Acá no hay lugar para que sean héroes sino verdugos. El miedo infundado de un virus inexistente, el riesgo al que exponen a una población con un ataque bioquímico o el salvajismo médico al que someten a Gang-du (Song Kang-ho), el desesperado padre protagonista, es su semilla plantada que se retroalimenta de un ambiente catastrófico. Pero es en medio de todo ello donde el director sabe contar mucho más que un film de monstruos. Lo hace desde el punto de vista de la familia Park, víctimas del ataque de la criatura que se llevó consigo a Hyun-seo (Ko A-sung), la joven hija de Gang-du.

A raíz del dolor, el director logra reunir a este padre de pocas luces con su hermano desempleado Nam-il (Park Hae-il), su hermana Nam-joo (Bae Doona), una deportista experta en el lanzamiento de arco y flecha, y el padre de todos ellos Hie-bong (Byeon Hee-bong). El film alterna constantemente entre las situaciones de esta familia desesperada por rescatar a la niña y la superviveencia de la misma en compañía de otras víctimas (una viva, el resto muertas), cautiva en una alcantarilla, el nido del monstruo.

Es a través de la unión de estos personajes, todos ellos imperfectos a su modo y lidiando no solo entre sí sino con sus propios demonios (otra variedad de monstruos en el film), que la historia logra centrarse en el factor humano. Desde el drama y la comicidad se crea una química perfecta entre ellos que aleja al film de recaer meramente en el género de horror. Se crea un lazo de unión empática que permite al espectador ser un integrante más de la familia, de disfrutar y sufrir junto a ellos. Centrando como eje protagónico a la familia, ésta misma y su supervivencia pasan a ser el interés primordial, un transfondo y presencia tridimensional mucho mejor que cualquier efecto digital que pudiera salir de la pantalla con ponernos unos lentes. Los monstruos son reales, el amor también. La unión hace a la fuerza… de un film tan poderoso como lo es este.

Por Nicolás Ponisio

 

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