#175. Spellbound (Alfred Hitchcock, 1945)

★★★★½ (9/10)

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El blanco, alejado del simbolismo de pureza, se haya en Spellbound tanto como objeto de ausencia y de presencia. Como algo ausente en la forma de la mente en blanco de J.B. (Gregory Peck), quien tras hacerse pasar por el desaparecido Doctor Edwardes, se revela como un sujeto con caso grave de amnesia. Por otro lado, la blancura como elemento presente se halla en la forma del miedo, en apariencia irracional, que los surcos y líneas de servilletas, sábanas o batas produce en el inestable J.B.

La obra de Hitchcock aborda el tema del psicoanálisis y lo une al film noir haciendo que la experta doctora Constance Petersen (Ingrid Bergman) funcione también como la investigadora privada dispuesta a resolver el misterio. Y como no puede faltar en el género del policial negro, el cliente/paciente ocupará también el rol de interés amoroso por el cual la doctora hará todo lo posible para hallar respuestas y sanar la cordura de su amado.

El blanco juega un rol principal en el film abriéndose paso en lo que en principio parece ser meramente una clásica historia de amor a primera vista. Entre el romance naciente y los diálogos de estudiosos del psicoanálisis, el maestro del suspense deja el rastro de pistas que pone sobre aviso al espectador antes que a nuestra protagonista. Las marcas dejadas por un tenedor o las oblicuas líneas bordadas de la ropa de cama irrumpen la blancura como atisbos de un pasado y una verdad reprimidos.

Hitchcock se sirve de las prácticas psicoanalíticas para utilizarlas como herramientas de investigación en fin de descubrir el pasado de J.B. y el paradero del presumible fallecido doctor Edwardes. Las mismas, en manos de la doctora Petersen, y a diferencia de cómo suelen ser empleadas por sus colegas y mentor, convierten al paciente en lo que es, en una persona, y no en un objeto de estudio. El hecho de que el amor entre médica y paciente esté en juego no solo mantiene el suspenso latente, ya que no se sabe nada de J.B. ni de lo que es capaz de hacer, sino que también permite que tanto Petersen como el espectador se interesen en la persona detrás del misterio.

Y es junto a la persona, y al interior de ella, que el film da lugar a un despliegue técnico que maneja nuestra atención en todo momento a la vez que permite entender un poco más su mente confusa. Lo logra a través de la presencia resaltada de un objeto (la navaja en mano de J.B. presente en primer plano), o en la subjetiva de lo simbólico como el vaso de leche que al ser inclinado inunda a la figura del doctor Brulov (Michael Chekhov), lo blanco ahora inundando la pantalla y ahogando al médico parlanchín. Esa misma genialidad también puede hallarse de manera abstracta en la construcción de un sueño, secuencia onírica que intriga a la vez que maravilla con los diseños pesadillescos de Salvador Dalí, tan distinguibles sin necesidad de que apareciera su nombre en los créditos, de forma esclarecedora y brutal por medio de un flashback o irrumpiendo violentamente con un final digno de Hitchcock (y por qué no también de Edwin S. Porter).

Spellbound no excluye a la ciencia médica sino que la intriga como una herramienta más para preguntarse y entender. Para intrigarnos y explicarnos en parte la complejidad del ser humano. Y lo que no es entendido tampoco necesita de ser explicado. Así como Constance se aferra a su creencia de que el hombre al que ama es inocente sin otra justificación que el sentimiento hacia él. Después de todo, todos hemos pasado por lo mismo, todos nos hemos vuelto un poco locos de amor.

Por Nicolás Ponisio

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