#1062. The Prestige (Christopher Nolan, 2006)

★★★★½ (9/10)

Le Prestige

“La verdad es como la poesía. La mayoría de la gente odia la poesía”. Esta frase utilizada en la recientemente nominada al Oscar The Big Short (Adam McKay, 2015) es aún más aplicable en el drama de magos The Prestige. El film funciona como una suerte de paréntesis en la filmografía del director británico. Antes, y sobre todo después, de este film lo que más describía a su cine eran los pretenciosos giros de la trama y la explicación constante dentro de ella. En The Prestige, si bien continúa utilizando intrincados puntos de giro, todo resulta en un juego en el cual las reglas están impuestas desde un comienzo y tanto espectador como historia se atienen a ellas.

En una instancia donde el ego del director aún no se posicionaba por sobre el film y subestimaba el entendimiento del público, aquí hay una razón por la cual engañar y aceptar ser engañados. Incluso cuando tenemos ante nosotros las pruebas más claras para comprender el truco detrás del film y sin embargo rehusarnos a verlo en su totalidad. Porque el cine es engaño, es fantasía, y eso muchas veces es mejor aceptado que encontrarse con la simple realidad.

La rivalidad de dos ilusionistas de la Londres del siglo XIX, Angier y Borden (Hugh Jackman y Christian Bale), colma la pantalla de intrincados trucos por dentro y fuera de sus shows, afectando a la trama  y la atención del espectador. Algo que siempre he aborrecido son esos especiales que revelan los trucos de diferentes ilusionistas. A Nolan podría acusársele de lo mismo, la diferencia es que el director revela estos trucos con el fin de exponer a la vez la crueldad y egoísmo humano (allí yace un canario aplastado por su jaula), el verdadero tema de la trama, el truco detrás del telón.  Al mismo tiempo, con la revelación de ciertos trucos, lo que el director se permite hacer es llevar a cabo su propio truco de magia, quizás uno de los más grandes de la historia del cine. Es por ello que las revelaciones, que los trucos, que la bella asistente, que el ida y vuelta entre diferentes líneas de tiempo no son otra cosa más que el propio show que accedimos presenciar. Las distracciones que nos ocultan el verdadero gran truco.

El realismo y el empeño de fundamentar todo en base la ciencia y lo racional son otros de los factores que Nolan suele utilizar como recursos narrativos. Es por ello que en el mundo de su Batman (2005-2012) no hay lugar para un Superman o un Clayface, es por ello que Inception (2010) se toma una hora de película antes de ingresar al mundo de los sueños porque todo debe explicarse más de una vez y ser sustentado (a pesar que después el propio film se encargue de contradecir todo lo explicado con anterioridad) o que en Interstellar (2014) no haya lugar para la ciencia ficción en un film de… bueno, de ciencia ficción. Pero en el caso de ese paréntesis llamado The Prestige, el director construye su relato bien arraigado al realismo y no por ello hacer a un lado lo fantasioso, sí ligado a la ciencia, pero fantasioso de todas maneras.

El periodo de tiempo en el que es situada la historia permite la presencia de un personaje histórico en ella, interpretado por un artista que definitivamente ha hecho historia. Ambos ilusionistas en un punto de la historia acuden a Nikola Tesla (David Bowie), el famoso inventor y físico serbio. Si bien el personaje interpretado por Bowie aparece brevemente en el film, son sus conocimientos, su aura excéntrica y su experimentación eléctrica lo que impulsan dos factores sin los cuales el film no sería nada. Uno de ellos, la obsesión de Angier por descubrir la realización del truco llamado el hombre transportado, el cual puede ser copiado más no igualado.  El otro, el factor de fantasía con el cual Angier hallará el punto álgido de su fama con una invención digna del doctor Victor Frankenstein. Y es que la presencia de un avejentado David Bowie dota al film tanto de realismo como de fantasía, después de todo estamos hablando de un actor venido de los cielos.

Tesla no es solo el creador sino también quien advierte a Angier de su obsesión y del terrible uso que la máquina construida puede acarrear. Es la imagen de sabiduría en el film que, al igual que los ilusionistas con la realidad detrás del truco y que el espectador que se niega a observar las señales, es pasada por alto sin depositar la atención que se merece.

La rivalidad entre Angier y Borden tiene como único resultado la fatalidad a lo largo de los años en que uno y otro compitieron constantemente. El verdadero truco es expuesto y así como el canario lleno de sangre horroriza a quien lo descubre, de igual manera lo puede hacer el público con los engaños y las acciones de la que estos dos hombres han sido capaces con tal de tener éxito en su profesión. El artificio, el punto de giro en este caso no se siente ni remotamente cerca de una estafa. The Prestige es un gran show del cual su presentador no ha dejado formar parte con el fin de encantarnos. Y si el resultado final es un truco excelente, es mejor ser engañado con las distracciones que maravillan con fin de satisfacernos, a ser conscientes de un truco que solo busca subestimar y regodearse con burda egolatría en la forma de un film.

Por Nicolás Ponisio

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