#1153. The Grand Budapest Hotel (Wes Anderson, 2014)

★★★★ (8/10)

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La visita a una muestra pictórica y el recorrido a través de la misma solo es el puntapié inicial de ese museo, obra de arte por sí mismo, que es The Grand Budapest Hotel. Wes Anderson puede ser acusado de repetirse constantemente o de centrarse principalmente en la estética, poniendo en juego el descuido del relato. Para aquellos comentarios desafortunados, Anderson demuestra la dedicación y el timing necesario para abordar ambos elementos con sus precisas pinceladas.

La característica rigidez corporal que emplea en sus personajes, la perfección cuasi estática de los planos y el estallido de colores en la inmensidad de un pequeño mundo de maquetas no restringe para nada los actos y emociones de sus protagonistas. Todo lo contrario, se mueven dentro del marco que representa la cámara, con la gracia y ágil movilidad que parecieran intentar atravesar la cuarta pared. Pero no es un intento de escape del perfeccionismo de la imaginaria república de Zubrowka, territorio donde tienen lugar los acontecimientos, sino un paseo en el cual los “héroes” del film irán saltando de un cuadro a otro. Incluso en aquellos momentos donde el plano puede resultar soberbio y abruma con la cantidad de pequeños detalles en escena, M. Gustave y Zero (Ralph Fiennes y Tony Revolori) funcionan como elementos que entran en juego con la obra, volviéndola una serie de piezas de arte intervenido.

La estética renacentista del director se topa con la expresión caricaturesca (estilo al que Anderson ya se había aproximado con su film de 2009, Fantastic Mr. Fox); lo que hace llevar más allá de los límites la gracia y el absurdo al que se exponen estos prófugos personajes, conserje y botones de hotel convertidos en ladrones de guante blanco y presuntos culpables de un asesinato.

El encadenamiento de diversos sucesos introduce una variante de géneros que se suceden sin desentonar. Eso permite que el director, al igual que sus personajes, se pasee en distintos estilos como lo son la comedia, el romance, el suspenso y, el más aprovechado, la aventura. El escape de una prisión, la búsqueda de un tesoro o una persecusión en la nieve, demuestran que la nostalgia estética de Wes Anderson y el irrefrenable impulso a ser desestabilizada (disparos que arremeten contra el hotel o una caída que destruye la perfección de las apiladas cajas de pasteles) van de la mano. Construye una casa de muñecas que no solo debe ser apreciada y conservada en perfecto estado como haría un coleccionista nerd. No, el director se permite jugar con ella y con cada elemento que la componen. Crea su obra y la dispone de forma maleable.

Si se vuelve a la idea del film como cuadro pictórico perteneciente a la intervención artística, entonces difícilmente pueda uno negarse a robarlo y llevárselo consigo. Ahora resta escapar junto a M. Gustave y su fiel compañero.

Por Nicolás Ponisio

 

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