#599. Picnic at Hanging Rock (Peter Weir, 1975)

★★★★½ (9/10)

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El horror más cercano, ese que muchas veces es hecho a un lado por la negación o la incapacadidad de creerlo real, es el que necesita ser racionalizado a través de lo irreal, de lo extraño. Porque a veces es más fácil creer en lo desconocido que en la cruda realidad.

Así como, décadas después, Sofia Coppola se centraría en ciertos aspectos en común en The Virgin Suicides (1999), integrados en el seno opresivo de una familia norteamericana, el director Peter Weir a mediados de los setenta abordaba una temática similar expandida al contexto de una época. El alumnado de una escuela de mujeres en la Australia del 1900 es llevado a pasar una tarde en un área boscosa de la región famosa por las inmensas rocas montañosas que coronan la cima del territorio. Al caer la noche y regresar al establecimiento educativo, tres alumnas y una docente son dadas por perdidas inexplicablemente.

Si bien la extrañeza del suceso y la búsqueda de un sentido a dichas desapariciones por parte de la gente de la región y de la policía cautivan sobremanera la atención, no es tanto ese factor lo que despierta intranquilidad y mantiene en vilo al espectador, sino la cargada atmósfera que desprenden las imágenes. Pasando de sensaciones cálidas a otras asfixiantes.

Una sensación alarmante está impuesta por el director desde los primeros minutos, similar a ese irrefrenable sentir de que algo malo está pasando, un inexplicable escalofrío que no se sabe bien a qué se debe, un nerviosismo alarmante que hace mirar por sobre el hombro para no hallar nada tras de sí. Se halla libertad del austero y estricto dominio educativo en los jóvenes cuerpos femeninos yaciendo sobre el césped, bañados por la cálida luz del Sol y sobre todo en la figura de una estudiante en particular, Miranda (Anne Lambert).

La joven de una belleza sin igual, que resalta entre sus compañeras con sus cabellos dorados, sus finos rasgos y unas piernas cautivadoras, es incluso descrita por una docente como “un ángel de Botticelli”. La belleza radiante de Miranda cohabita en su rostro al igual que el malestar latente, que el conocimiento que solo ella y algunas de sus compañeras tienen sobre lo que va a acontecer. Y el director lo logra con el punto justo intermedio entre belleza y horror sin la necesidad en ningún momento de hacer que su film sea perteneciente al género de horror.

Lo hace introduciendo lentamente a las jóvenes féminas en la naturaleza que las rodea, tan agobiante como el caluroso clima de esa tarde. Filosofan misteriosamente con un intelecto superior al de sus docentes, conscientes de que todo es finito. Las mujeres se desprenden de sus ideas al igual que de sus prendas. Guantes y medias abandonan sus cuerpos a medida que estos están dispuesto a perderse de vista, quizás incluso a perder la vida.

Edith (Christine Schuler), la única en no haber sido invitada desde un principio por el grupo de Miranda a recorrer las rocas, es quien vuelve horrorizada esa tarde acompañada en todo momento por un malestar de no liberación, de no dejarse ir. Irma (Karen Robson) es hallada con vida una semana más tarde sin recuerdo o grave daño alguno. El único cambio es la ausencia de su corsé, elemento de vestir agobiante si los hay.

Y es que más allá de dicha sensación de malestar y temor que se percibe en la atmósfera del film, sobre todo en aquellos momentos centrados en las inmediaciones donde las chicas desaparecieron, no es otro lugar que el adoctrinamiento de la educación de comienzos del siglo xx donde la tranquilidad y la libertad de expresión se ve incapacitada de existir. Mientras que el grupo de desaparecidas pueden librarse de sus prendas y expresar su apreciación de mundo, en el recinto escolar no tiene lugar la poesía de Sara (Margaret Nelson), la única en ni siquiera poder salir del edificio para ir al picnic, e incluso se ve torturada con ataduras para mantener su postura firme.

La desaparición de las jóvenes quizás no sea del todo explicada. Pero no cabe duda de que si a la dulce edad de los diecisiete no se puede vivir con alegría, libertad y el deseo de escapar a las imposiciones, entonces el sentir la respiración de la naturaleza y perderse entre las rocas después de todo no puede ser tan malo.

Por Nicolás Ponisio

 

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