★★½ (5/10)

El director danés Nicolas Winding Refn concibe una interrelación entre su film y el actor Ryan Gosling que interpreta al conductor protagonista. Ambos elementos se entrelazan, cada cual con su público destinado, para hacer uso de un poder de seducción banal. El modelo carilindo con aires de actor y un dinámico estilo visual cuasi retro realizan su magia para con los distintos intereses del espectador.

Es la estética visual junto al uso adecuado de la música electropop (dos temas particularmente quedan resonando tiempo después de haber finalizado el film) lo que dota de forma a un producto que, al indagar más a fondo, denota su falta de carácter, su contenido llano y simplón. Algo muy acorde a Gosling, quien haría con el film mejor pareja que con Carey Mulligan.

El mismo relato está bellamente adornado gracias a la fotografía que baña a la ciudad de Los Angeles y sus personajes con una luminosidad perfecta. Otro elemento que aporta su encanto es la estética retro como la cursiva tipografía fucsia de los títulos o el look de antihéroe ochentoso compuesto por guantes para conducir de cuero, campera deportiva con escorpión en la espalda, pelo engominado y escarbadiente en boca. Pero mientras su identidad estética se encuentra bien establecida, es el desarrollo de la historia el que deambula de un lugar a otro como Gosling al conducir su auto.

Gran parte de su primera hora, además de relacionar al personaje amorosamente con una madre soltera que tiene a su marido en prisión, es dedicada a describir la personalidad del conductor, lo cual no requiere mucho tiempo ya que se intenta presentarlo ante un halo de misterio y pocas palabras que solo acentúan su falta de carisma actoral. Ni mencionar el poder establecer cierta empatía con el público o transmitir sensación alguna en vez de una inexpresión total digna del Ken de Barbie. Lo que resta del film, entre deudas, problemas de asalto y conflictos con mafiosos sin presencia (con lo mucho que quiero a Ron Perlman), el film desata un baño de sangre imparable por parte del conductor donde no faltarán sesos desparramados y persecuciones con estallidos de metal.

Así como no se puede dilucidar del todo la personalidad acartonada del protagonista, lo mismo sucede con el film. Éste no sabe encontrar su propio tono, lo cual desencaja con lo pobremente establecido en un principio, sin corresponder ni desarrollarse naturalmente en base a los hechos y las acciones del personaje. Todo es impuesto a la fuerza como la sed de venganza que nace en el conductor.

Las apariencias engañan, sobre todo al ojo cinéfilo que se ve seducido por el encanto del ayer en algo nuevo. En realidad lo que se busca puede encontrarse fácilmente en la originalidad del pasado, sin necesidad de darse aires de grandeza cinematográfica o perfumarse con la falsa fragancia de la atmósfera ochentosa.

Por Nicolás Ponisio

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