★★★½ (7/10)

Dejando un poco de lado la actuación para posicionarse detrás de cámara, Robert Redford con su ópera prima hace llegar a su público todo lo que tiene para decir con sus personajes y que estos no pueden expresar. La imposibilidad de comunicación es el eje central de una familia que, a pesar del paso del tiempo, no puede superar la pérdida de un hijo que murió ahogado y mucho menos permitirse asimilar juntos la ausencia de un ser querido.

El duelo es un proceso individual donde los padres de Bucky, el joven fallecido, en su rol de personas influyentes de la clase alta anulan pesar alguno para mostrarse bien y superados ante el resto. Asisten a galas, obras de teatro y partidos de golf con una sonrisa en el rostro que no hace más que evidenciar la fragilidad del momento vivido. En Beth (Mary Tyler Moore) visible desde su risible falsedad o los abruptos que suele sufrir ante el mínimo inconveniente o comentario opuesto al suyo, y en Calvin (Donald Sutherland, padre con experiencia en hijos ahogados como lo demostró en Don’t Look Now de Nicolas Roeg), reflejado en una posición de cero liderazgo en el hogar, casi nula a la hora de consolar a su hijo menor o de enfrentar los conflictos con su mujer. Su necesidad de poder hablar de su situación se ve reflejada en la búsqueda de cualquiera que converse con él, más no significa que en verdad lo escuchen, al no poder expresarse ni sufrir abiertamente, es el cuerpo quien lo hace con una leve arritmia y espasmo al correr.

Pero la situación en la que se halla esta familia se ve mejor reflejada y centrada en Conrad (Timothy Hutton), quien estuvo presente en el accidente donde murió su hermano y que pasó por una internación luego de haber intendado suicidarse. Él, más allá de la imposibilidad de comunicación para con sus padres, es el único que busca la manera de asimilar el duelo y hacerse escuchar. Sea en primera instancia con el intento de suicidio y luego hallando la mejor manera como haciendo terapia, donde en el doctor Berger (Judd Hirsch) encuentra la contención y comprensión que en su hogar y su grupo de amigos no, o teniendo una conexión tanto de amistad como amorosa con Jeannine (Elizabeth McGovern) su compañera de coro.

Redford sabe apelar a la intimidad y a expresar los sentimientos y pensamientos que muchos optan por hacer oídos sordos. Sabe transmitir con simpleza narrativa la imposibilidad sufrida que tanto le cuesta vencer a Conrad, el mejor reflejo de ello es la escena donde por vez primera le cuenta a alguien fuera de los médicos lo que sucedió con su hermano y se ve cohibido por la irrupción de sus viejos amigos y por la risa de Jeannine que momentos antes estaba siendo receptora del pesar de su cita. A la vez que transmite eso, el director sabe hacer lo mismo a la hora de romper las barreras de la falta de comunicación. Sea desde la presencia del psiquiatra que decide encontrarse con Conrad sin importar la hora y demostrando un fuerte lazo de amistad, como en la forma de un abrazo que logra captar lo bueno y lo malo. Uno siendo un abrazo de Conrad hacia su madre, la cual no lo corresponde de igual manera y el otro entre el joven y su padre, pudiendo hallar en el corazón correcto del hogar todo lo que fue buscado afuera.

El carácter humano del film es aceptado y transmitido de una forma opuesta a la que en principio aborda a los personajes. La individualidad del duelo se ve resquebrajada en las diversas formas de relaciones que no hacen más que evidenciar, a pesar que muchos de los personajes no puedan verlo debido a la sensación de soledad, la unión y la asimilación es compartida por cada uno de ellos, y ahora también por nosotros.

Por Nicolás Ponisio

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