★★★½ (7/10)

Malick se despacha con una de las películas más ambiciosas de la historia reciente, por su presupuesto, por la cantidad de horas dedicadas, por el número de editores, pero principalmente por los temas que trata.

En su intención de enlazar un drama familiar con el orden cósmico, la película logra su cometido. La cámara de Lubezki se inmiscuye en la intimidad a la vez que registra el poder creador de la naturaleza, dando a entender que ambos planos confluyen en un todo. Esta idea panteísta está presente en toda la filmografía de Malick, pero en The Tree of Life se convierte en el núcleo y motor de la narración.

De esta manera,  el desarrollo de la película es coherente con este punto de vista. La naturaleza no se expresa en forma de diálogos o escenas teatrales típicas del cine convencional,  o mediante recursos de montaje lineales y cronológicos, sino más bien de forma opuesta, del caos surge un orden cósmico.

Vale aclarar que la tesis que maneja la película no excluye a Dios, sino que lo incorpora en su idea de Naturaleza. De esta manera, todo lo que les sucede a los personajes parece emanar cierto aire místico. Cada situación, conversación o mirada se convierte en una representación del todo. En ese aspecto, se le puede criticar un tinte aleccionador, la sensación de estar siendo llevados hacia algún lugar quizás no compartido.

Promediando la película, puede llegar a percibirse una sensación de déjà vu, y esto se debe a la reiteración de ciertos recursos técnicos (la cámara intimista, el montaje con saltos de tipo jump cut), sumado a los temas recurrentes como las referencias bíblicas y la idea del padre autoritario (interpretado por Brad Pitt). Más allá de eso, las imágenes que nos entrega el director son de una belleza apabullante.

Por Hernán Touzón

 

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