★★★★½ (9/10)

La ópera prima de Terrence Malick, ambientada a fines de los años 50, es tanto una historia de amor como un retrato del paso de la adolescencia a la adultez. Seguimos el día a día de Kit (Martin Sheen), que deambula por las calles de Dakota del Sur como un outsider -o un paria- de una ciudad que le ofrece trabajos de poca remuneración. En su recorrido por el pueblo, conoce a Holly (Sissy Spacek), una chica de 15 años con la que emprenderá un viaje hacia terrenos desconocidos y peligrosos.

El título “Badlands” hace referencia a la geografía típica del lugar donde transcurre la historia, y es también reflejo de ese camino turbulento que ambos personajes transitan. Lo que comienza como una historia de amor y un cuento de hadas, lentamente se transforma en realidad bruta, cuando una seguidilla de asesinatos pone en jaque el espíritu idílico de la aventura. Los eventos, narrados por Holly, están filtrados por su subjetividad, resultando en un racconto idealizado de los hechos que progresivamente va evidenciando las diferencias entre ambos personajes.

El gran acierto desde el punto de vista de la realización es otorgarle protagonismo a los paisajes áridos y a las rutas desoladas, como forma de evidenciar la falta de rumbo de los personajes. Los paisajes solitarios le dan a la historia un aura existencial, y evidencian el interés del director por integrar la naturaleza con el devenir de los acontecimientos, siendo el acercamiento entre personajes y entornos naturales la marca autoral de toda su filmografía.

Con respecto a la temática de la película, es interesante como Malick presenta a Kit bajo un prisma de encantamiento, del cual Holly parece no poder salir. Desde que Kit asesina al padre de Holly por ser un impedimento para el futuro de su relación, el primero pasa a ser a la vez que la pareja de la adolescente, su guía, símbolo y artífice de su liberación. Esta idea de liberación se relaciona con las escenas que siguen al asesinato, donde Kit y Holly viven de forma primitiva en una casa construida por ellos mismos en una zona rural, viviendo de manera autosuficiente. Cuando los pueblerinos descubren su morada, la pareja debe escapar, pero el problema es que Kit no sabe bien adónde ir, ya que es un ser acostumbrado a deambular sin un destino.

Malick es extremadamente sutil en el manejo de distintas cuestiones como el despertar sexual o la relación amor-odio de Holly hacia Kit. En ese vaivén se muestra perfectamente la incertidumbre y contradicciones de la adolescencia, sumado a situaciones que no son típicas en la vida de alguien de tan corta edad (en particular, el hecho de que se encuentran escapando de la ley). La narración avanza de forma pausada y utiliza el recurso de la voz en off (de Holly), quien narra los eventos como si se tratara de su diario íntimo. Por momentos, da la sensación de estar leyendo un libro de poesías, por el poder de síntesis de las imágenes en relación a los sonidos, y por la métrica utilizada por Holly, la cual le otorga un carácter melancólico a lo narrado. Este recurso provoca, además, que los detalles de la relación amorosa se amalgamen con cierto distanciamiento emocional, en constante contrapunto.

Lo más llamativo del filme es que Malick no juzga moralmente a sus personajes. Esto se evidencia en la falta de una motivación concreta por parte de Kit a la hora de cometer los crímenes. Tal como sucede en la novela “El Extranjero” de Camus, en la mente de Kit no hay motivos para asesinar, y eso convierte a estos hechos en triviales. La película captura esa subjetividad de forma precisa, y es uno de los rasgos más característicos a lo largo de la narración. “Badlands” es un gran primer paso para Malick, quien en 1978 se consagraría definitivamente como uno de los directores más talentosos de su generación con “Days of Heaven“.

Por Hernán Touzón

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