#881. Chung Hing sam lam / Chungking Express (Wong Kar Wai, 1994)

★★★½ (7/10)

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Tiempo y espacio funcionan en Chungking Express como los cupidos de turno que intentan aproximar entre sí a las almas solitarias. Wong Kar-wai les otorga identidad a lo largo de dos historias independientes que solo tienen por unión y punto de encuentro al local de comida al paso Midnight Express.
 
Desde una visión mayormente melancólica, la primera historia se construye a través de una relación en contraposición del melodioso ritmo del jazz y el frenético andar de la cámara y el gentío de Hong Kong. He Zhiwu (Takeshi Kaneshiro) es un detective de policía que recorre las calles tanto en busca de criminales como de un viejo y nuevo amor. Aferrado a llamadas teléfonicas a la familia de su ex y la compra de latas de piña con el fin de, como a muchos nos ha pasado, poner una fecha límite a la espera de ese viejo amor, una excusa para no proseguir.
 
El primer relato, entre latas de piña, música de jazz y la cámara parkinsoneana (que así y todo conserva ciertos momentos de cinematografía hermosa dignos de ser parte de una exposición fotográfica), también se permite agregar una subtrama criminal que envuelve a la contraparte femenina (Brigitte Lin) con un halo de misterio, así como también lo hace su gabardina, su blonda peluca y sus lentes de sol.
 
Si bien el mayor acierto de esta primera parte (siendo el peor su cansina parsimonia narrativa) yace en la apreciación simbólica del inalterado paso del tiempo (por negación propia) y por la caducidad de las relaciones, no tan alejadas de las piñas enlatadas, el relato no llega a profundizar mucho más, dejando a los protagonistas en medio de situaciones sin cierre alguno. Una historia sobre, como dice su narrador al comienzo, gente que nos cruzamos día a día y a la cual nunca nos volveremos a cruzar o nos haremos íntimos amigos. Al menos, referido a ese aspecto, el director ha sabido plasmarlo de buena forma.
 
Si bien la aletargada melancolía es parte del mundo del romance, éste se plasma de mejor manera en el segundo relato del film. Una narración más ágil que apela tanto al pesar de una relación perdida como al encanto del nacimiento de una nueva. Wong Kar-wai deja de lado el apesadumbrado jazz y revitaliza el tono de su historia con California Dreamin’ de The Mama’s and the Papa’s, la cual llega a sonar aproximadamente seis veces sin causar la necesidad de apuñalar nuestro oído con un hisopo, y una hermosa versión de Dream Person de Cranberries interpretada por Faye Wong, la protagonista de esta segunda parte.
 
Faye trabaja atendiendo en el Midnight Express y, a pesar de haberse cruzado momentáneamente con el solitario hombre de las latas de piña, su atención y amor será cautivado por el oficial de policía 663 (Tony Leung) quien visita a diario el lugar. Primero para comprar comida para su novia, luego para tomar café solo. Su novia azafata, nuevamente bajo el manto de lo simbólico, lo ha dejado para probar algo distinto y ha volado indefinidamente de su lado. Mientras que por un lado tenemos nuevamente al alma en pena a la espera de que ese viejo amor regrese y que, de manera divertida, entabla conversaciones con objetos inanimados como peluches o viejos trapos dotándolos de la identidad femenina que ya no habita en ese hogar, por el otro la tenemos a Faye. Histriónica y enamoradiza, la joven mediante una carte se hace con una copia de la llave del departamento del oficial y, a su manera festiva, comienza a dotar de otro color el desahuciado hogar.
 
La creciente relación se desarrolla prácticamente sin mantener contacto entre la parte femenina y la masculina. El director establece todo el tiempo una fina distancia, una línea divisoria que se ve expresada en la imagen, sea a través de la barra que separa a quien atiende del cliente o por medio de las capas de cristal: vidrieras, espejos y peceras. Casi de manera imperceptible, al igual que el oficial 663 yendo al hogar y apenas notando los cambios realizados por Faye, la relación crece poco a poco. Los personajes, separaciones mediante, logran aproximarse, con encanto y pesar, y el amor plasmado en las imágenes llega a ellos al igual que al espectador, ahora enamorado del film… o de su segundo relato al menos.
Por Nicolás Ponisio
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