#1006. The Big Lebowski (Joel y Ethan Coen, 1998)

★★★★ (8/10)

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La gente generalmente no suele entenderse entre sí, a través de malentendidos y teléfonos descompuestos es que el diálogo, el mensaje o la lectura sobre algo en particular se pierde en una inmensa bola de conflictos. Una bola como las que lanzan cotidianamente en el bowling el Dude (Jeff Bridges) y sus amigos, el perturbado Walter (Johh Goodman) y el siempre hecho a un lado o callado Donny (Steve Buscemi).

En el film de los hermanos Coen el conflicto lo es todo y a la vez no es nada. Una suerte de “nos hacemos problemas más de la cuenta” pero llevado a un extremo histriónico que envuelve todo en una realidad caricaturesca del sin sentido. Es como si la mente sumamente volada del Dude, quien pasa sus ratos jugando a los bolos, fumando marihuana y escuchando viejos cassettes con audios de bolas rodando contra los pinos o el canto de las ballenas, lograra liberarse sin necesidad de la meditación y convirtiera al mundo que la rodea en una extensión de la mente confundida del protagonista.

Una alfombra orinada, una deuda con la industria del porno, nihilistas amenazantes, un secuestro y su respectivo pedido de rescate son algunos de los hechos que se van desencadenando a lo largo del viaje misterioso de nuestro querido Dude. Todos ellos, al parecer tan dispares entre sí, son unidos por una fina línea del policial negro, de forma tanto estética como argumental.

Ese mundo de cigarros, whisky, gabardinas, suave música de jazz y sensuales femme fatales que tantas veces el cine ha albergado mantiene una fuerte presencia a lo largo del todo film con los cambios que lo modernizan y deforman para bien del humor de los hermanos cineastas. Los cigarros ya no son de tabaco sino de marihuana y el whisky ha sido reemplazado por cocteles de White Russian, por otro lado la vestimenta de gabardina ha sido cambiada por una raída bata, el jazz por música de Creedence y las femme fatales, antes solo objetos de deseo y manipulación, ahora feministas con ambición artística.

Los Coen deforman toda característica clásica en pos del humor pero, aún así, manteniendo el tono justo para no perder los guiños y la construcción que permiten al film situarlo en parte dentro de ese género. Lo mismo ocurre con el caso a investigar. Como bien dice en un momento el Dude, hay muchas variantes y cada una de ellas es más disparatada que la anterior. Si bien, casi siempre en el film noir, el investigador descubre al final de su viaje que ha sido engañado, lo mismo se da en el film pero todo construido sobre una estructura de la confusión y el error, algo que también que también se ha trabajado en films previos de los Coen como es el caso de The Hudsucker Proxy (1994) y Fargo (1996).

Quizás tantos conflictos, equivocaciones y enredos confundan a los personajes del film tanto como los golpes, la marihuana e incluso otro tipo de drogas alucinógenas lo hacen con el aturdido Dude (elemento que también les permite jugar a los directores con secuencias oníricas y experimentación visual). Pero dentro del enredo es el público quien, sin entender del todo hacia donde se dirige la trama, no hay lugar en su disfrute para la confusión sino solo para las risas, el disfrute visual y una cantidad de diálogos que se graban eternamente en una mente no igual de confundida a la del Dude. La bola sigue su viaje rodando y creciendo, los Coen hacen lo mismo con su trayectoria cinematográfica.

Por Nicolás Ponisio

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