#665. The Big Red One (Samuel Fuller, 1980)

★★★ (6/10)

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El árbol no te permite ver el bosque y el exceso de subjetividad no te permite ver el film. Samuel Fuller apela a la memoria y sus experiencias bélicas durante la Segunda Guerra Mundial para contar un relato donde la mirada subjetiva del director no termina de favorecer del todo a la trama.

El film, cuando de imágenes se trata, está bellamente construido y alcanza un poder visual de contenido que incide con mayor fuerza y eficacia que al hacerlo a través de los diálogos y los actores. Imágenes como la monocromática toma de un cristo sin ojos (que pese a ello observa el horror de la guerra); el rostro atemorizado de Griff (Mark Hamill) al estar inmóvil ante el horror; un cuerpo sin vida con un reloj detenido mientras las olas teñidas en rojo de la costa de Normandía lo mecen o las sombras de decenas de cuerpos yaciendo bajo la presencia imponente de un tanque alemán. Imágenes que se quedan grabadas, registrando el horror de los actos humanos en tiempos de guerra y la belleza del arte cinematográfico.

Fuller sabe transmitir el sufrimiento y las aberraciones sin recaer en la violencia gráfica o el golpe bajo, lo más cercano a ello es la imagen de esqueletos en los hornos de un campo de concentración, o la muerte de un niño a espaldas del sargento del pelotón estadounidense (Lee Marvin). Sin embargo, cuando ahonda en los miembros de dicho pelotón o quiere realizar una comparación entre los distintos bandos, allí es cuando los personajes hablan de manera tal que pareciera que el propio Fuller lo está haciendo. Lo hace a través de una mirada con conocimiento de quien pasó por esas experiencias, pero también con patriotismo desmesurado y por momentos hasta con cursilerías dignas de una historia del corazón.

Un empeño por, más allá del infierno vivido, no santificar ni condenar a nadie (aunque un poco de lo primero siempre hay y se perfila para el lado de los Estados Unidos), y una búsqueda de pensamiento utópico e incluso naif que deja la sensación de que el director cuenta sus memorias de manera cinematográfica pero queriendo dejar en el público una satisfacción jamás alcanzada en su experiencia. Por suerte, allí están las imágenes que, cliché de por medio, valen más que mil palabras. Imágenes que transmiten a la perfección lo que las anécdotas y las palabras de los combatientes solo hacen tartamudear, extenderse y perder el hilo de la conversación al film.

Por Nicolás Ponisio

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