#629. The Hills Have Eyes (Wes Craven, 1977)

★★★½ (7/10)

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The Hills Have Eyes es el segundo film (tercero de contarse The Fireworks Woman realizado bajo el seudónimo de Abe Snake) de un director que ya desde sus inicios hacía posar atentamente la mirada sobre él. El film de Craven se encuentra a mitad de camino entre su predecesora The Last House on the Left (1972) y la influenciada por ésta The Texas Chainsaw Massacre (Tobe Hooper, 1974), haciendo uso de un estilo cuasi documental que le aporta, no tanto desde la actuación sino desde la narración de la cámara, un cercano realismo que raya en alarma del espanto. Distanciado de la perfección, con fallas y sus faltas de recurso se alcanza un estado de primitivismo que le aporta su propia identidad. La escasez de elementos no priva de nada al film, todo lo contrario, se ve centrado en concentrarse en algo primordial para el género de terror: clima y ambientación. Despojado de adornaciones que suelen enriquecer a otros films, en este caso la ausencia de las mismas funcionan a favor de historia y género.

La familia Carter se haya en un viaje de carretera camino hacia California. Un desvío de la ruta dejará a la familia varada en pleno desierto y a merced de la naturaleza más salvaje en la forma de una familia totalmente opuesta a los Carter (a los hermanitos pop también). La naturaleza lo es todo, desde la desolación que rodea a los Carter cercados por las inmensas colinas hasta de los caníbales, hijos de su entorno natural, tanto del desierto como de las estrellas. Todos los integrantes masculinos de la familia atacante llevan nombres de planetas, el padre y líder Jupiter (James Withworth) y sus tres hijos y manos derecha en la carnicería humana Mars (Lance Gordon), Mercury (Peter Locke) y el particular y estremecedor bebé gigante Pluto (Michael Berryman).

Alejados de la civilización, estos cavernícolas de la era moderna son impulsados por los instintos más sádicos y primitivos que el director no expone morbosamente sino que la mayor parte del tiempo lo sugiere desde las sombras, anticipando el horror como quien justamente observa detrás de las colinas. Las imágenes de un hombre prendido fuego vivo, un perro destripado o el robo de una bebé para ser devorada, tienen desde su concepción una fuerte carga perturbadora, pero el verdadero horror es aquel que al estar solos nos hace girar la cabeza sobre los hombros para comprobar que estamos solos a pesar de sentir una presencia cercana, el mismo que la intuición de Bobby (Robert Houston) uno de los hijos Carter, previene sin mucho éxito el peligro cercano.

Así como la totalidad del film goza de un uso primitivo que cumple su cometido, o que los caníbales emplean exitosamente para la tortura, los propios Carters, víctimas del horror, deberán responder de la misma manera y dejarse arrastrar en el árido desierto por actos bestiales que a la vez son la génesis humana, la formación del hombre. La familia de clase media, al igual que el film, se ve despojada de todo material ajeno que facilita su vida pero que no son indispensables. A lo largo de la trama, dicho carácter primitivo va in crescendo conforme la familia se adentra más en un ambiente desconocido, siendo uno de los perros quien primero advierta el peligro y ataca rabiosamente a los atacantes, luego los hijos Bobby y Brenda (Suze Lanier-Bramlett) quienes atacan aún siendo dependientes de los artefactos de una vida de confort y como etapa final Fred (John Steadman), el padre de la bebé quien, perdido en la inmensidad del desierto y privado de todo carácter moral o social que previamente lo rodeaba, alcanza el nivel más alto de salvajismo. Uno que bañará en rojo sangre tanto personaje como encuadre.

Así como tiempo después el cine de Craven hablaría satíricamente con el género de terror (la primera y cuarta parte de la saga Scream como una tésis de ello), en The Hills Have Eyes el director crea una retroalimentación de contenido entre el propio film, sus personajes y el horror. Todos ellos despojados por igual y haciendo uso de lo salvaje como mayor recurso, sea este de salvación de manera interna (los personajes del film) o de incomodidad de manera externa (el espectador). Retroalimentación negativa que adquiere como resultado positivo un componente del buen cine y del horror que, al igual que el arte pictórico, ha tenido parte de su génesis en las cavernas… y las colinas.

Por Nicolás Ponisio

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