#1038. Little Miss Sunshine (Jonathan Dayton, Valerie Faris, 2006)

★★★★½ (9/10)

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A la hora de pensar en un one hit wonder cinematográfico uno de los primeros títulos que se viene a la cabeza, quizás detrás de The Night of the Hunter (Charles Laughton, 1955), es Little Miss Sunshine. El film de 2006 no solo es la ópera prima de Jonathan Dayton y Valerie Faris, antes dupla de directores de videoclips de bandas como REM y Smashing Pumpkins, también lo es en función de guionista para Michael Arndt, quien luego escribiría el guión de esa perfección animada que es Toy Story 3 (Lee Unkrich, 2010).

Si bien el film de Pixar ya es considerado un clásico de la cinematografía, la figura del guionista no suele ser el centro de atención en este tipo de producciones, por lo que al día de hoy Arndt sigue siendo recordado por su trabajo inaugural. Algo similar ocurre con Dayton y Faris quienes después de su debut tardaron seis años en realizar otro film, Ruby Sparks (2012) donde abandonaban el tono realista de Little Miss Sunshine para acercarse más a la fantasía, aunque manejando el mismo registro de comedia dramática. Ruby Sparks es de esas películas que brillan con luz propia y sorprenden gratamente desde su simpleza, pero esa misma luz no llega a tener el alcance y la intensidad que irradiaba el rayo de sol (sunshine) de una niña con ilusiones de ser coronada en un concurso de belleza.

La excusa de un viaje de carretera desde Nuevo México a California para llegar al concurso renueva al género de road movie, lo dota de situaciones tragicómicas que apuntan al condimento más humano y realista sin por eso caer durante el recorrido en baches de golpes bajos y fácil cursilería. Cada integrante de la familia de Olive (Abigail Breslin) conforma una particular emoción y carácter, con sus pros y contras, donde la parte por el todo conjuga una sinécdoque humana. Es así como tenemos a Richard (Greg Kinnear), un padre con aires de ganador cuando a duras penas puede alcanzar sus metas, Sheryl (Toni Collette), es la madre en crisis que a pesar de todo se mantiene en pie por el bien del resto, Frank (Steve Carell), hermano de Sheryl suicida que acaba de salir de una internación y por último Dwayne y Edwin (Paul Dano y Alan Arkin), hijo mayor en crisis adolescente que lleva un pacto de silencio Nietzcheano y el abuelo, patriarca familiar malhablado que no pierde tiempo para aconsejar sobre relaciones sexuales, entrenar a su nieta para el concurso y esnifar cocaína. Todos y cada uno de ellos impulsan la historia y la mantienen en constante movimiento al igual que lo hacen físicamente, empujando la maltrecha camioneta que los debe llevar a destino. La diferencia entre esa Volkswagen amarilla y el film es que mientras una comienza a tener dificultades en su recorrido y prácticamente se cae a pedazos, la historia de la familia Hoover se fortalece y con su simpleza indie conquista a todos.

Para no pecar de soberbio como por momentos lo es el personaje de Richard, no catalogaría de exitoso al film, de ganador ni mucho menos. Perdedores y ganadores no tienen lugar en el corazón de esta familia (cuenta la leyenda que Arndt tuvo parte de la idea del film al leer en un artículo que el por entonces gobernador de California Arnold “T-800” Schwarzenegger decir que si había algo en este mundo que le daba realmente asco eran los perdedores) y es por eso que los logros y fracasos que se van dando en el camino llegan de manera tan especial al espectador. Porque pertenece a una cercanía tal que cualquier se ve reflejado no en uno, sino en todos los personajes.

Dayton y Faris se sirven del guión de Ardnt para tener escenas de diálogos tan fuertes como irrisorios (a destacar las conversaciones entre Olive y su abuelo), pero también saben independizarse del mismo a través del acercamiento de la cámara, intimista. Ansías, deseos y frustraciones se describen armoniosamente, desde el plano inicial donde se ve a Olive observando fervientemente un concurso de belleza en el que el brillo del televisor se ve reflejado en la mirada de la niña más brillante todavía, hasta uno de los momentos más recordados que queda grabado tanto en retina como en el pecho, cuando Dwayne descubre que es daltónico y por ende no podrá ser piloto. Un personaje que hasta entonces se mantuvo siempre callado y que a través de su totalmente expresivo rostro transmite su desesperación que termina por desatarse con un extendido y encolerizado “fuck”. Momentos después, el silencio volverá y un gesto inocente como una cabeza apoyada en su hombro es toda la simple contención que personaje y espectador necesitan.

Pequeños momentos, distintos, cada uno con su particularidad, empujan y ponen en marcha esa camioneta y extienden ese momento hasta convertirlo en la cálida caricia interna que es este film. El abuelo junto a la cama de Olive, le dice que la ama y que es bella por dentro y por fuera. Mismo sentimiento que Little Miss Sunshine genera en uno.

Por Nicolás Ponisio

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