#1043. El laberinto del fauno (Guillermo del Toro, 2006)

★★★★★ (10/10)

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“Pensé en un laberinto de laberintos, en un sinuoso laberinto creciente que abarcara el pasado y el porvenir y que implicara de algún modo los astros. Absorto en esas ilusorias imágenes, olvidé mi destino de perseguido. Me sentí, por un tiempo indeterminado, percibidor abstracto del mundo”.
Jorge Luis Borges, El jardín de senderos que se bifurcan.

Como si se tratase de aquel laberinto imaginado por Borges, es el espectador viajero quien se adentra a recorrerlo y se pierde maravillado en la imaginación de su arquitecto. El creador en esta ocasión no es al autor argentino, sino el cineasta mexicano Guillermo del Toro. Salvando las diferencias entre uno y otro, el universo creado por del Toro y rodeado por los diferentes pasajes del intrincado laberinto, tiene como fin emprender un viaje a la fantasía más imaginativa y al olvido de la vida fuera de sus dominios.

El mundo en tiempos de posguerra, en este caso la dictadura franquista, siempre precisó de un escape momentáneo para escapar de la dura realidad. Allí estaban por ejemplo los films durante la segunda guerra, que además de ocupar su lugar de propaganda nazi utilizaban la figura de la mujer (destacando siempre Leni Riefenstahl) como representante de un lugar que claramente en la realidad se le impedía ocupar. De igual manera, el discurso narrativo del film de del Toro se centra en una época de crisis donde solo hay dos soluciones: el accionar contra los militares o el escape fantasioso hacia el interior del laberinto. Para el gusto de todos, ambos caminos son tomados.

El laberinto del fauno se construye sobre, y recorre a la vez, la dualidad entre realismo y fantasía. El arte del director: escenarios de palacios y lujosos banquetes, la invención de criaturas fantásticas, bellas y escalofriantes por igual, combate contra la crudeza del régimen franquista y la oscuridad de sus días. Es esa misma crudeza la que rige a los cuentos de hadas, el director lo entiende y por ello, en su relato, no escatima en incluirla. Tanto desde el salvajismo del capitán Vidal (Sergi López), que inunda la pantalla en sangre, como en el mundo subterráneo que visita la pequeña Ofelia (Ivana Baquero) aterrada por el hombre pálido devorador de niños y maravillada por el fauno (ambos personajes interpretados por Doug Jones) que le permitirá volver al mundo al cual pertenece.

Violencia y fantasía, lo grotesco y la inocencia, son elementos que en la narrativa clásica de cuentos de hadas (y esto obviamente también incluye al cine) van siempre de la mano… a no ser que dicho miembro haya sido cercenado. Mientras que Ofelia puede escapar de su realidad mediante su imaginación, el público debe afrontar las dos líneas narrativas del film, sin poder tomar lo bueno sin lo malo. Pero tanto una como la otra poseen el poder de dejar atrás la realidad del espectador, de pertenecer momentáneamente en el olvido al igual que el pasado como princesa de Ofelia. Se cae ante la desbordada imaginación de del Toro y crece interiormente el sentido de pertenencia en ese mundo, absorto en las ilusorias imágenes y percibiéndolo como, en voz del narrador, solo visible para aquel que sepa dónde mirar.

Por Nicolás Ponisio

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