#996. Hable con ella (Pedro Almodóvar, 2002)

★★★★ (8/10)

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Pedro Almodóvar, ese cineasta enamorado de las historias que hay detrás de cada mujer, sumamente reconocido por ello, también logra acercarse a la mirada masculina y desenvolverse a la perfección con poética visual. El factor principal de Hable con ella claramente son las mujeres. Ellas funcionan como puntapié inicial, como núcleo que a través de la tragedia (una bailarina que sufre un accidente de auto y una torera embestida durante su oficio, ambas en estado comatoso) ponen en funcionamiento la trágica narrativa por la que se pasean los protagonistas masculinos. Cada una diferente a la otra pero que en el dolor y el consuelo hayan la unión y la amistad.

Benigno (Javier Cámara) es un enfermero enamorado de Alicia (Leonor Watling, la bailarina en cuestión), desde antes y durante su coma. Benigno le habla, le relata sus salidas al cine, el teatro, la baña y le corta el pelo. La cámara de Almodóvar hace público aquellos momentos íntimos dotados también de un carácter de unión, en esta ocasión en el sentido sexual y cariñoso (aunque su mayor expresión la adquirirá en forma de un film mudo/surrealista titulado Amante menguante, donde Jack Arnold se une a Salvador Dalí). La cámara recorre el rostro sereno de Alicia, su cuerpo inmóvil que adquiere aspecto de paisaje erótico. Toda imagen de Alicia se encuentra recubierta por una hermosura visual, como lo son los masajes/caricias de Benigno, y desde su estatismo lo que puede interpretarse como actos de deseo se vuelven simples acciones de cariño, compañía y amistad. La especie de amor en su expresión más pura que muchos buscan más no encuentran, acá se haya en la máxima quietud.

También se puede encontrar en cómo se relacionan Benigno y Marco (Darío Grandinetti), la pareja de Lydia (Rosario Flores), la torera accidentada. Unidos a raíz de la intranquila calma de sus respectivos deseos amorosos, los dos hombres forjan una consoladora amistad que incluso ya se había unido previo a conocerse entre ellos. Hable con ella nos presenta a estos personajes de manera similar a cómo se encontrarán en un futuro Alicia y Lydia. Quietos, inmóviles, Benigno y Marco ocupan su lugar en las butacas como espectadores de teatro, la participación pasiva de ambos solo se ve anulada por la expresión en sus rostros. Benigno, quien observa encantado e intrigado a su futuro amigo sentado a su lado, y Marco, quien baña su propio rostro con las lágrimas que expresan su alma emocional y la sensibilidad que la obra provoca en él.

El film en todo momento juega con la dualidad entre los actos y la pasividad, el actuar o permanecer como espectador, el movimiento dentro de lo inmóvil, la vida como despertador de lo aparentemente muerto, un acto bestial que se expresa con una connotación humana y la muerte como prueba de un sentimiento tan vivo como lo es el amor. Ahora lo sensible, el contenido poético se haya en el interior de las lágrimas que no recorren a Marco, sino al sujeto que se encuentra frente a la obra de Almodóvar, el espectador menguante de una obra que crece ante él.

Por Nicolás Ponisio

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