#1008. Adaptation (Spike Jonze, 2002)

★★★★½ (9/10)

adaptation

Charlie Kaufman supo realizar un viaje al centro de la mente, ese trayecto propuesto por los Amboy Dukes a finales de los sesenta, al guionar Being John Malkovich, la ópera prima de Spike Jonze. Con dicho film comenzó a adquirir renombre en la industria cinematográfica, quizás solo un poco opacado por Jonze y su enloquecido talento visual. Años después la dupla guionista/director volvería a unir fuerzas para llevar una obra mucho más compleja que la antecesora y que reluce en cada aspecto a la figura del escritor.

La labor del guionista siempre fue de vital importancia en el séptimo arte. Gran parte del realismo, de ser atrapados por la historia y creer en ella se debe al punto inicial de creación en el papel. Si bien con el correr de los años, el trabajo del guionista fue tomando una mayor presencia entre los pares y la industria en general, la mayor parte del público y la prensa suele olvidarse del hombre que trabaja desde las sombras, resaltando con ímpetu al director como creador totalitario de la obra. Kaufman, consciente del lugar que ocupa, decide tomar el papel protagónico de su segunda colaboración con Jonze y que en esta ocasión su nombre sea el que resalte en cada aspecto. Haciendo caso al dicho de que se debe escribir sobre lo que uno conoce, crea su propia vida ficticia anclada en la realidad de su trabajo.

El film toma como base El ladrón de orquídeas, obra literaria de Susan Orlean (personificada por Meryl Streep) pero sin convertirse en una lineal adaptación. A la vez, tanto el libro como el film realizan un recorrido por la vida del horticultor John Laroche (Chris Cooper), de cómo este afecta la vida y el trabajo de Orlean y de cómo su alianza desemboca en la caótica función de llevar a cabo una adaptación fílmica de ello (A cargo de Nicholas Cage en la piel del autor). Lo que podría resultar confuso se desarrolla naturalmente en el film, la complejidad no reside en el resultado que vemos en pantalla (le mandamos saludos a Nolan), sino en la descripción de lo que sucede a la hora de escribir, del mundo interior del guionista y el escritor literario, de la vida y la apreciación que logran tener de ella.

El autor nos sigue paseando en un viaje hermoso que cambia de destino. Si antes viajábamos a la mente de Malkovich ahora lo hacíamos directamente a la del hombre creador. Sin tono fantasioso alguno (como en Being John Malkovich o Eternal Sunshine of the Spotless Mind) sino con realismo ficcional. Kaufman habla de él con sinceridad e ironía, como un deseo de acercarse al espectador, que lo tengamos presente pero con pequeños detalles que “adaptan” su vida sin ser verídica del todo. Es así como introduce pequeños detalles como un hermano ficticio dentro y fuera del relato (la primera persona ficticia en ser nominada al Oscar) o todo el climático final que hace uso del suspenso para reírse del venderse a Hollywood aunque sin funcionar tan bien con el resto del film. Son elementos que, quien desconoce, los tomará totalmente por cierto o totalmente ficcionales y así pasar por alto la autoconciencia magistral que domina la compleja narración.

Kaufman escribe verdad y mentira, confiesa y engaña y lo envuelve todo en una neurosis Woody Alleneana. Habla del ser humano en sí, de un pesimismo que embarga a la obra y a la vida de quienes se embarcan en ella. Si de por sí es difícil transitar por esta vida, mucho más lo es ser el Dios creador de sus personajes y todo ese mundo (de ahí el papel de guionista/protagonista). La belleza del mundo ficcional de Kaufman está en la incesante máquina poética que se crea en torno a imagen y contenido. Y aunque parezca difícil apreciarlo en el día a día, aunque no lo creamos, es el factor poético el que funciona como enlace entre ficción y realidad. Es así que se convierte, en el único elemento realmente verídico que ofrece la obra de Orlean, dentro de la obra de Jonze que a la vez se encuentra dentro de la realización de Kaufman. Tinta plasmada en imagen y absorbida por la mirada que comienza a hacer su viaje hacia el interior del espectador. Una vez más, Charlie Kaufman se encuentra en el asiento del conductor.

Por Nicolás Ponisio

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