#1022. The Passion of the Christ (Mel Gibson, 2004)

★★★½ (7/10)

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La pasión a la cual hace referencia el título del film no necesariamente pertenece únicamente al hijo de Dios, al mesías sacrificado. Dicha pasión se puede apreciar en la dolida mirada de María (Maia Morgenstern), en el sufrido amor de María Magdalena (Monica Belluci) e incluso en el goce de los soldados romanos que torturan con ímpetu el magullado cuerpo de Cristo (Jim Caviezel).

El film, en su momento de estreno, pareció sorprender para mal a una gran parte del público, horrorizado por el salvajismo descrito. Si bien es cierto que la cámara narra a través de un contenido tortuoso, el tratamiento estético lejos está de poner en duda la ética de la imagen.

Lo acontecido en el relato llega al público con el mismo dolor de quienes presencian con sufrimiento el via crucis. No hay en la imagen un abuso del gore o la violencia gratuita, cuasi pornográfica, como sí sucedía con el éxito que iniciaba ese mismo año la saga Saw (James Wan, 2004). La diferencia reside en el público al que apuntan ambos films, disímiles entre ellos pero unidos por la hipocresía de las masas. Esas mismas que ocupan el lugar de espectador y sufren por su mesías al igual que traicionan y lo niegan por igual.

Mel Gibson, director del film, se apasiona filmando y apuntando el lente de la cámara hacia donde más duele (la estética del horror humano de Gibson se llevaría bien con el famoso travelling de Pontecorvo) pero es la pasión de la bajeza humana la que parte del público no se permite tolerar. La biblia está colmada de hechos atroces, adaptar los pasajes edulcorados como se hace con los relatos de los hermanos Grimm sería un acto más hipócrita y carente de ética que el resultado final generado.

Es fácil apasionarse en contra de aquello que a simple vista nos incordia y altera, pero es difícil preguntarse el por qué de esa reacción. Cuando el reflejo devuelve la mirada se suele apartar la vista o, en casos como éste, arrojar piedras hacia él. Antes de hacerlo, tal vez habría que reflexionar con los elementos ofrecidos y descubrir que nadie ocupa el lugar para arrojar la primera piedra.

Por Nicolás Ponisio

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