#1158. Mad Max: Fury Road (George Miller, 2015)

★★★★½ (9/10)

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¿A dónde tenemos que ir, los que amamos el cine, para encontrar vida en el género de acción? George Miller responde y mientras lo hace, dibuja y escribe en la arena. El castillo, frágil y efímero, es derruido por la furiosa pirámide que construye el director. Una obra que se erige perfecta ante nosotros al igual que la figura de Miller.

Los grandes tanques de cine comercial, en la actualidad pertenecen a un mundo cubierto por tierra cuasi infértil. El único fruto que nace de esas producciones pareciera estar podrido desde su germinación, sin nada nuevo que ofrecer y, al probarlo, dejando un sabor amargo que lleva al desencanto del consumo. En esa misma tierra, opaca, que nubla la vista al igual que el juicio de quienes la rigen, es donde una semilla nace. Entre tanto paisaje inhóspito algo comienza a dar un fruto de esperanza. El lugar verde buscado durante años. El lugar que, para hallarlo, se solía recurrir al pasado. Allí donde el género de acción podía vivir gracias al recuerdo de una época mejor, y que ahora, una vez más gracias al padre creador, podemos observar el presente (y quizás el futuro, ¿por qué no?) con una nueva esperanza.

En 1979, Miller daba comienzo a una de las sagas más recordadas de la historia del cine y a un género que crecería notoriamente con el impulso frenético del mundo post-apocalíptico creado por el cineasta. Treinta y seis años después, la desértica Australia es cambiada por África (en el camino perdimos a Mel Gibson) pero con la misma pulsión de locura que dio inicio a la saga de Mad Max. Max Rockatansky (ahora interpretado por Tom Hardy) es un caminante, un viajero que en la llanura del desierto, y del desértico cine actual, trazó y traza hoy en día el camino a seguir. El horror del pasado y de cada aventura a su paso lo aleja de la perdida, pero no irrecuperable, humanidad. Es por eso que siempre que tiene la oportunidad, ofrece su ayuda a sus compañeros del camino. A las almas en busca de redención que en solitario se encuentran perdidas pero que juntas recuperan un poco dicha humanidad y la belleza del viejo mundo. Algo así como Miller y Max… o Miller y el cine. El panorama desolador se nutre de los rayos de luz que supone la nueva aventura del guerrero del camino y la belleza está nuevamente ahí, para quien sepa verla.

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Detrás de las cámaras de Mad Max se halla un hombre de setenta años con la vitalidad de un joven de veinte. Fury Road es cine convertido en poema visual. Es una inyección de adrenalina en la forma de una carrera con el desenfrenado motor de un director que le es fiel a su visión de ese mundo y a la crítica del mismo. Immortan Joe es un autoproclamado dios que se alza sobre centenares de cabezas y por quien sus esclavos, los war boys, desesperan por ser vistos por él. Detrás de la máscara de Immortan Joe se encuentra el actor  (quien fuera el villano Toecutter en el primer film de la saga) pero la máscara solo oculta al verdadero dios, uno que a logrado consagrarse con sus actos divinos (sus films) y que hoy en día demuestra que sus milagros siguen asombrando. La cámara es su máscara y los war boys su voz: “Sean mis testigos”. Atestiguamos al rey de reyes y con su obra desesperamos.

El film se vuelve frenético, es un rugido de furia extrema, un rugido de motor que se extiende a lo largo de las dos horas de duración y que pareciera no tener fin ya que deja de vivir dentro del capó para refugiarse dentro del pecho del espectador. Lo rápido y furioso nada tiene que ver con Vin Diesel y su séquito de hormonas impulsado por la vacua expresividad de su rostro y de la cámara. En Mad Max el impulso es desatado y guiado tanto por su creador como por las mujeres, con Furiosa (Charlize Theron, la verdadera protagonista) liderándolas. Aquí las mujeres no son cosas (eso se lo dejamos a la saga de los autitos chocadores), son idea e ideales, son la libertad y la esperanza, son la belleza de ese mundo perdido, ahora recuperado dentro del lente de la cámara. Furiosa es la versión femenina de Max, es la que guía, la que rescata, la que conduce, literalmente, hacia la libertad. Las mujeres son la representación y las creadoras de vida y belleza al igual que el director lo es para su obra.

Max no es el protagonista, de hecho el título del film funciona como abreviación de la máxima locura que hay en pantalla, en cierta forma nunca lo fue en ninguna de las entregas. Es la mano que la ruta ofrece como camino a la salvación. Es la bolsa de sangre, también literalmente, de la cual los viajeros hacen uso para cumplir su cometido. Un hombre que lo perdió todo no tiene nada para perder, se arriesga, se cae y se levanta solo para continuar su travesía. Nosotros lo acompañamos porque a fin de cuentas, necesitamos de su presencia para sentirnos vivos en un género que, de no ser por Max, por Furiosa, por Miller, yacería muerto a un lado del camino.

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Orson Welles una vez dijo que el escritor necesita una pluma, el pintor un pincel, el cineasta todo un ejército. La explosiva producción de la que goza Mad Max: Fury Road marca la agresividad visual con el liderazgo de dos frentes de batalla. El ejército técnico detrás de cámara y el ejército de batalla vehicular que persigue a nuestros héroes. El arte demencial, el ataque sobre ruedas de violencia destructiva pareciera dirigirse hacia el público en sus variopintos diseños retro-futuristas, autos-espinas, un camión a puro rock, otro que lidera la marcha con sus redoblantes y ataques piratas de limpiaparabrisas humanos, todos hermosos en sus inigualables y descabellados estilos (punks not dead). Sin temor a ser atropellados, no cubrimos nuestra mirada ante la inminente colisión sino que abrimos los brazos y ojos, todavía más si es que se puede, y lo recibimos con alegría.

Si en la primera Mad Max éramos testigos de cómo los ojos de The Nightrider se salían de sus cuencas (toma que realiza un cameo en forma de flashback en esta cuarta entrega), aquí nosotros ocupamos su lugar. La composición de cada toma, el desenfreno que cubre el interior de cada plano genera una especie de tratamiento Ludovico sin la necesidad de que nuestros párpados permanezcan abiertos a la fuerza. El film no permite lugar alguno para parpadear, ya que el hacerlo implica perderse un microsegundo de hermosura visual que despierta incontables veces una sonrisa en el rostro. Si eso no es amor, entonces no sé qué puede serlo. Incluso en aquellos momentos donde la acción se detiene brevemente es imposible apartar la atención de toda la belleza que ofrece ese mundo de locura. El futuro nunca antes se vio tan prometedor… el cine tampoco.

Todos los tanques que se preparan para este años y los años siguientes: Star Wars, Jurassic World, Batman v. Superman, Avengers: Infinity War, ahora se ven muy pequeños. El esfuerzo que deberán hacer para ofrecer algo que roce la pulsión de vitalidad de Miller es muy grande y, ya me atrevería a decir, prácticamente nulo. El trabajo de Miller significa una triple catarata de agua que sacia nuestra sed y nos hace implorar por más. El director australiano cambió las cosas para siempre y ahora resultaría difícil volver a la realidad del blockbuster actual. Por lo menos las marcas de las llantas les deja señalado el camino a seguir, habrá que ver si alguien más se anima a transitarlo.

Retomando mi pregunta inicial: ¿A dónde tenemos que ir, los que amamos el cine, para encontrar vida en el género de acción? La respuesta se halla en la misma pregunta. Debemos ir al cine… al menos mientras Mad Max: Fury Road siga en cartelera, acelerando motores y corazones cinéfilos por igual.

Por Nicolás Ponisio

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