OFF TOPIC. Inherent Vice (Paul Thomas Anderson, 2014)

★★½ (5/10)

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El comienzo de Magnolia (Paul Thomas Anderson, 1999), a simple vista inconexo en relación al resto del film, sabía sorprender e intrigar en sus breves minutos. Resulta un ejemplo de, sin importar lo que se cuente, si se deslumbra al espectador en los primeros cinco minutos, ya se lo tendrá fielmente atrapado para verlo.

A diferencia de Magnolia, u otros de sus trabajos previos, el último film del realizador no sorprende en sus primeros minutos. Las escenas que se van sucediendo serán una extensión de ese inicio carente de asombro que, como si se hallara en aguas empantanadas, hundirá con facilidad todo interés argumental que pueda haber. Y es que dicho argumento, y la narrativa misma de Inherent Vice (adaptación de la novela homónima de Thomas Pynchon), parece desvanecerse poco a poco hasta que se pierde en un sinsentido caótico, cameos y referencias a personajes que aparecen y desaparecen a su antojo y que parecen querer dotar a la historia de una complejidad que no es tal.

La trama principal, o lo que se puede llegar a dilucidar de ella, bebe de los relatos pulp de detectives y las novelas negras de suspenso. Esas mismas páginas donde detectives privados son seducidos por curvilíneas femme fatales son arrancadas de su encuadernación y comienzan a mezclarse desordenadamente en lo que es la (des)construcción narrativa de Inherent Vice. El film se divide entre los hechos del caso a investigar (con menciones a eventos y una cantidad abrumadora de personajes que terminan conformando un inmenso interrogante) y Doc (Joaquin Phoenix), el hippie detectivesco que los va siguiendo. Como una suerte de Jeff Lebowski (Jeff Bridges en el papel de su carrera y en la mejor comedia de los hermanos Coen), Doc se encuentra frente a situaciones que superan su entendimiento bajo el efecto de constantes dosis de marihuana. A diferencia de su colega Lebowski, su actitud frente a los eventos y los variopintos personajes que se encuentra no llega a generar la gracia que pretende. Salvo por escasos momentos de hilaridad (el punto álgido lo ofrece el dentista personificado por Martin Short y la situación que se desprende del mismo), la historia se encuentra ralentizada por escenas extensas que se tornan aburridas y confusas.

Anderson solía destacarse por ser un buen narrador que gozaba de un estilo visual cambiante pero siempre presente, incluso en films como There Will Be Blood (2007) o The Master (2012) donde comenzó a optar por una narración mucho más lenta y densa pero igual de interesante que en sus otros trabajos (al menos en el primer caso). Aquí todo desaparece a excepción de la carga densa del relato que termina agotando paciencia alguna. Los personajes no se mueven, la cámara permanece de manera estática gran parte del film y lo que se mantiene en constante movimiento son las idas y venidas de la mente confusa del espectador ante el caos reinante.

La estructura enrevesada pareciera querer generar el estado de confusión de la mente saturada por las drogas, pero todo aquel que las prueba vuelve a ellas y el hastío generado por el film produce lo contrario. Termina incitando al receptor de imágenes a no querer volver acercarse al mundo de Doc. Uno debe literalmente fumarse una historia que tenía de todo para ser una gran comedia que solo ofrece una gran decepción como resultado del efecto alucinógeno. El espectador le regala dos horas y media de su vida a Paul Thomas Anderson y éste, en agradecimiento, la peor resaca del mundo.

Por Nicolás Ponisio

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