#1054. Le scaphandre et le papillon / The Diving Bell and the Butterfly (Julian Schnabel, 2007)

★★★ (6/10)

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Jean-Do (Mathieu Amalric) se comunica con sus amigos, familiares y enfermeras a golpe de  párpado, un sistema que le permite seleccionar letra por letra las palabras que en su condición ya no puede pronunciar. La cámara, en mayor parte subjetiva, logra expresarse sin necesidad de la palabra. Los planos detalles cuasi asfixiantes y los juegos de lentes, desenfoques y desorientados movimientos intensifican la confusión y el malestar por el que pasa el postrado paciente. La elección de narración del director junto a la composición de Janusz Kaminski (reconocido director de fotografía de Spielberg) conforma un dúo sensorial donde las emociones internas del personaje logran expresarse y sentirse.

Sin información previa para acentuar ese tono confuso por el que pasa Jean-Do, público y protagonista abren los ojos a la vez y comienzan a recibir información, malestar y temor de manera conjunta. El director posiciona al espectador en la piel de Jean-Do. La apacible quietud en la butaca que se mantiene ante un film, aquí cobra un mayor significado al estar dentro de la prisión corporal del personaje, la escafandra del título.

El problema surge cuando, caprichosamente, Schnabel cambia el registro del film. Abandona a su antojo la subjetividad del paciente y vuelve a ella sin un criterio de elección más que el de producir un choque visual. Porque este drama, basado en una historia real, no acude al simple y molesto golpe bajo sino que pareciera atacar, en venganza del espectador del llanto fácil, a través de la incomodidad. La lástima no se siente hacia el personaje sino hacia uno mismo.

El desagrado es un elemento vital en Le scaphandre et le papillon para alcanzar ese estado. No solamente en momentos de fácil impresión  como la subjetiva de un párpado al ser cosido dejando solo oscuridad frente a él sino también en fantasías del personaje donde, deseoso por su enfermera Claude (Anne Consigny), se los ve succionando tanto ostras como sus respectivos rostros, lo cual dista de resultar placentero.

Ese disgusto constante pertenece a una búsqueda de transmitir el malestar padecido por Jean-Do pero que deviene en una sesión de tortura. Ni siquiera los momentos “felices” del personaje llegan a apreciarse, cuando disfruta de la compañía de sus hijos o una salida del hospital al que está confinado. Los planos generales imponen un alejamiento para con el espectador, evidenciando tan solo esa búsqueda de Schnabel por el malestar. Un realizador que comienza explorando el costado humano de una situación desesperante pero en pos de terminar encerrándolo en una estructura de doncella de hierro, la cámara de tortura aquí denominada escafandra.

Por Nicolás Ponisio

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