#1058. There Will Be Blood (Paul Thomas Anderson, 2007)

★★★★ (8/10)

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En casi su totalidad, los planos de There Will Be Blood remiten al western clásico. En las llanuras y montañas que se alzan, observando a la distancia al hombre que explora el terreno que las rodea. Anderson nos sitúa ante el final de una era y el comienzo de la otra (así como también lo hacía en Boogie Nights trazando un mapa por el final de los 70 y el comienzo de los 80). 1898 da paso al cambio de siglo y consigo funda los cimientos de una nación en estado de crecimiento.

Daniel Plainview (Daniel Day-Lewis) es un hombre del cual, también al mejor estilo western, desconocemos su pasado. Se presenta ante nosotros en el momento justo de su vida y, con la cámara siguiéndolo de cerca, queda en claro que es un hombre con ambición, que vive con lo que tiene pero eso no lo detiene a querer prosperar y tener más. Los primeros 15 minutos del film, prácticamente pertenecientes al cine mudo, hablan mucho más que todo lo que pueda llegar a decir cualquiera de los personajes. El hombre que se arrastra por la tierra con todas sus fuerzas para alcanzar su cometido y que, a base de su trabajo, vaya adquiriendo más poder hasta convertirse en un magnate petrolífero. Otra proeza de narración visual clásica. Plantea desde el vamos con esa imagen un duelo entre pobreza y riqueza(la iglesia y Plainview/el pueblo y Plainview), la imposibilidad del cuerpo contra la perseverancia (la sordera de su hijo) y la sangre vertida en una labor que, como el petróleo mismo, la absorberá y cubrirá con su negrura.

A la vez, Anderson se hace de otro elemento clásico del western que es la llegada de la modernidad. Si en el género de cowboys los nuevos rieles del ferrocarril, la construcción de vagones y estaciones imponían el fin de una era y de un modo de vida, aquí se ve representado por esa invención de madera, que luego cambiaría su estructura al hierro, que es la torre de extracción. La llegada de Plainview a un pueblo perdido traerá la esperanza y la promesa de una nueva economía, de sacar fruto a las hectáreas y un alzamiento en la voz religiosa. Pero con esa llegada también crece la ambición, la corrupción y el desenfreno.

La banda sonora de Johnny Greenwood por momentos se asemeja a los movimientos y ruidos mecánicos producidos por las plataformas y con cada nuevo movimiento musical se siente el descontrol que muchas veces la quietud de la imagen no revela pero que se desarrolla en el interior del protagonista. Una guerra consigo mismo, una guerra de fe y poder que desata en más de una ocasión el infierno sobre la Tierra. El inmenso chorro de petróleo que se convierte en una llamarada infernal revela con énfasis todo lo que hay debajo del apacible valle, todo lo que hay dentro de los personajes que tiempo después no temerán demostrar. Sin lugar a dudas el personaje de Daniel Plainview representa al sueño americano de prosperidad, del formarse a partir de la nada y convertirse en alguien para sí mismo y la sociedad en la que vive. Pero ese sueño se funda en base a una falta de moral y a una guerra espiritual que solo agravará al monstruo que no vive en el interior de Plainview, sino que camina a su lado.

Pasada la mitad de metraje del film, que ya consta de por sí con un tono denso y estático (al menos en cuanto acción dentro del cuadro, con sus siguientes films la quietud lamentablemente pasaría a abarcar todo aspecto de sus nuevas obras), pone en juego a la historia al no dejarla avanzar demasiado. La ahoga en situaciones que pertenecen a la evolución del personaje, pero que no se intentan desarrollar de una manera que despierte el interés del espectador.

Pasados esos momentos, las puertas del averno vuelven a abrirse en lo que es una continúa muestra de actuación desenfrenada donde pareciera que el personaje se devora al actor. Lo mismo se da por momentos con Eli, el fanático religioso interpretado por Paul Dano. Éste ofrece otra mirada crítica que funciona como álter ego de Plainview y como interés capitalista de la sociedad norteamericana. Un peón más que descubre a la religión como otra herramienta de construcción de poder al igual que las torres. Ambos actores se encuentran posesos por sus personajes, incluso en la sobreactuación hallan la manera de no volverse una forma de lejanía para con el film sino ahondar má en el caos expuesto. Director y actores se erigen sobre sus roles alcanzando con fuerza el éxito en las alturas, como una columna envuelta en llamas que crece con vehemencia frente a nosotros.

Por Nicolás Ponisio

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