#953. Ôdishon / Audition (Takashi Miike, 1999)

★★★½ (7/10)

audition

Como en films de terror donde lo mejor es la incertidumbre y el desconocimiento del horror (como es el caso de Alien y la sugerencia de la cámara), Audition logra destacarse en gran parte por el preludio a la tormenta. Para lo que ha muchos le puede resultar como un comienzo y desarrollo algo lento, en realidad resulta ser una tortuosa intranquilidad que la calma de las imágenes solo la acrecienta en la forma de una joven con una larga cabellera negra (no, no es Samara pero por ahí anda). Su pelo lacio oculta, en parte, su rostro y connota de misterio a Asami (Eihi Shiina), la chica en cuestión.

Desde el vamos, y sin necesidad de conocer de antemano la trama, cada aparición de la joven intimida al espectador. Como una suerte de contraste entre el tono oscuro del cabello y el pálido rostro poco sonriente, Asami genera temor a través de su aparente inocencia. Cuando sonría del todo, cuando sus labios formen una sonrisa de mejilla a mejilla, la inocencia se vuelve maldad y el temor realidad. El extenso sugerir y ocultar con el que juega el director es una cámara de tortura para el público. Cuando todo misterio sea revelado con un manejo de la belleza onírica, la percepción de peligro adquiere forma visual de la manera más gráfica posible.

Audition es un disfrute del armado, del hacer, pero a la hora de probar la cocina del chef el plato no está del todo tan exquisito como su proceso de cocción. De seguro para muchos la tortura gráfica, el climax de horror, logrará inquietarlos e incluso padecer mucho más que el desarrollo previo. Pero la escena que contiene lo que podría llamarse la especialidad de la casa, se siente más como algo hecho por obligación, ojo que también con estilo, pero sobre todo con un dejo de mandato establecido por el género.

El morbo por simple morbo es algo que carece de encanto (la escuela formada por la saga Saw puede dar fe de ello), sin embargo el temor y sufrimiento que es dado y recibido de apoco, un pinchazo de aguja por vez que se percibe, más no se ve, mantiene al cuerpo receptor en constante tensión. Al menos mucho más que cubrirlo rápidamente con cientos de agujas y el observar el acto en cuestión. Porque así es como se da el desmembramiento de la víctima… quien en este caso es el propio film.

Por Nicolás Ponisio

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