#1085. Black Swan (Darren Aronofsky, 2010)

★★★★★ (10/10)

black-swan

Locura y frustración. Esos son dos de los ejes donde se cimienta Black Swan. Una obra que se construye ligada a la destrucción. La destrucción de uno mismo en pos de la creación. En el relato/ballet del lago de los cisnes, Odette es la princesa que por un hechizo es convertida en cisne. En Black Swan es la pesadilla convertida en maravilla.

El film de Aronofsky, al igual que los personajes, mantiene una danza constante que exterioriza los sentimientos y la pasión de Nina (Natalie Portman), su protagonista. El empeño por ser la mejor no solo traspasa los límites en la escuela de danza a la que asiste o en la relación que mantiene con su madre. También va más allá de la pantalla tomando prestado el cuerpo del espectador para utilizarlo como recipiente sensorial de la propia Nina. Cada visión que la atormenta, cada cambio corporal que sufre y cada crisis frenética que se le presenta (¿se le presenta?) deja marcas tanto en su piel como en el espectador que solo puede reaccionar ante ello con una extrema intranquilidad.

Mientras que las sensaciones producidas incitan a querer escapar del infierno personal de la protagonista, la precisión técnica de Aronofsky y la locura actoral de Portman obligan a aferrarse al hermoso horror que nos ofrecen. Porque Black Swan no es para nada un film dramático, si hay que etiquetarlo en un género en particular, lo primero que se le cruzaría a cualquiera por la cabeza es catalogarlo bajo el género de terror. Los temores de la protagonista, la figura del cisne negro (ese ser sombrío que toma la forma de gemela malvada y que se erige sobre ella como el peso de la obra) y la inclusión de personajes como la figura materna (símbolo opresivo y terrorífico) invaden todo su entorno. Y cuando ellos no están en juego, la cámara lo estará en su lugar. Antes se hizo referencia al uso de la misma como parte de la danza. Si bien puede arreglárselas por si solas para mostrar su destreza como solista, en ocasiones necesita una pareja y esa es la utilización de los espejos como símbolo. Duales, fragmentarios, distorsionados. Duplican la imagen de Nina y la transforman y en ocasiones hasta la reflejan de manera infinita. No hay escape de la imagen que devuelve la mirada. Ni siquiera haciéndola añicos. Si devuelve la mira, también devolverá la violencia cometida hacia ella.

El protagonista de Whiplash (Damien Chazelle, 2014) era empujado hacia el límite con tal de ser el mejor. El abuso físico y mental por parte de su profesor era el factor de incentivo. Nina también tiene a aquellos que la obligan a exigirse ser la mejor. Desde la frustración de la madre que busca en su hija el éxito artístico que ella no tuvo en su juventud, hasta en el profesor frustrado por no poder sacar todo el potencial que ve en ella. Esos elementos están allí presentes pero no por ellos es que la joven bailarina se convierte en lo que es. Todo el empuje que necesita para destacarse y la pasión (reprimida en un comienzo) vuelan por ella y gracias a ella. En Whiplash hay un abusador y alguien que permite ser abusado. En Black Swan ambos aspectos, al igual que el cisne blanco y el negro, conviven en Nina, mientras que el horror y la fascinación lo hacen en el film.

Por Nicolás Ponisio

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