#234. Strangers on a Train (Alfred Hitchcock, 1951)

★★★★ (8/10)

strangers

La fascinación de Hitchcock por los ribetes detrás de un crimen toma nueva forma en Strangers on a Train. Dos desconocidos se encuentran en un tren y uno de ellos le plantea al otro un plan bastante sofisticado. La idea es “intercambiar crímenes”. Guy (Farley Granger), un tenista con intenciones de casarse con la hija de un senador, debe resolver el divorcio con su ex esposa Miriam (Kasey Rogers), que ya ha escalado a terrenos mediáticos, mientras que Bruno (Robert Walker) quiere deshacerse de su padre. El primer problema es que Bruno lleva adelante el plan, estrangulando a Miriam en un parque de diversiones, sin pactar nada con Guy. A partir de este hecho, Guy será el principal sospechoso por el crimen de su ex esposa, considerando que fue visto el día anterior discutiendo y peleando con ella en su lugar de trabajo.

Durante el resto de la película, Bruno se paseará por la vida de Guy como un fantasma, a la espera de que Guy cumpla con su parte del plan. Bruno le dará instrucciones a Guy sobre la forma de asesinar a su padre, pero Guy se resistirá a hacerlo. Finalmente, en una escena con altas dosis de adrenalina, la policía descubre el macabro plan de Bruno, y Guy se libera definitivamente. Curiosamente para él, todo se resuelve, ya que es gracias a Bruno que Guy puede casarse con la hija del senador.

Cuando Bruno dice que “…todos somos asesinos en potencia…” se refiere a que para él no existe diferencia entre alguien que se imagina un crimen y alguien que efectivamente lo comete. Según su moral (enrarecida como un lente que deforma la realidad) el autor del crimen es Guy, él es sólo el ejecutor. La psicología se extiende hacia el terreno de la realidad cuando Guy le confiesa por teléfono a su pareja que “asesinaría a su ex” con sus propias manos, suerte de preludio de lo que sucederá después. El hecho de que lo que Guy desea termina convirtiéndose en realidad produce un efecto interesante: la película demuestra que detrás de un crimen lo más mortificante termina siendo la culpa, no de Bruno (el ejecutor), sino del propio Guy (¿el mentor?).

La película está basada en la novela homónima de Patricia Highsmith, mundialmente conocida por su serie del asesino Ripley. La idea es que la sofisticación de un crimen complica la efectiva resolución del mismo por parte de los investigadores. El plan original de Bruno es tan descabellado que pasa inadvertido hasta el final por su aparente falta de motivaciones. ¿Quién va a imaginar semejante trama detrás de un supuesto crimen pasional? En ese aspecto, Strangers on a Train tiene relación con Psycho, en donde las motivaciones de Norman Bates alcanzan el mismo nivel de complejidad.

Por Hernán Touzón

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