#1066. The Wrestler (Darren Aronofsky, 2008)

★★★★ (8/10)

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La cámara de Aronofsky sigue a Randy “The Ram” Robinson (Mickey Rourke) de muy cerca durante gran parte de la película (recurso que luego repetirá en Black Swan). Un enfoque acertado ya que Randy es en sí mismo el motor de la historia. Su vida colapsó (en algún momento), sin embargo, este peleador de lucha libre tuvo sus momentos gloriosos.

Hay algo atractivo en la figura del anti-héroe que Aronofsky aprovecha muy bien. La vida de Randy es un desastre, pero sin embargo, una fuerza lo empuja a seguir dando batalla, su instinto natural (casi animal) lo lleva a seguir subiendo al ring para brindar espectáculos de lucha libre con el mayor nivel de adrenalina y realismo posibles. No importa si hay poca o mucha gente mirando, lo importante es entretener. Randy es un personaje circense, que bien puede recordar a los Freaks de Todd Browning o a Zampanó de La Strada (Fellini). Lo que prima es lo físico. ¿Es la lucha libre un espectáculo simulado? En The Wrestler queda claro que hay un límite demasiado dudoso para sostener esa idea, principalmente por el hecho de que la simulación tiene como objetivo herir el propio cuerpo, hacer brotar la sangre real para el deleite del público. Uno de los grandes aciertos de la película consiste en recrear el ámbito de la lucha libre con todos sus personajes y artilugios (poniendo en escena luchadores reales). Descubrimos que detrás del espectáculo hay una preparación, un entrenamiento y jerarquías establecidas (además de nacionalismo e ideología). Antes que espectáculo, la lucha libre es un modo de vida.

Así como Randy “The Ram” expone su cuerpo y aborrece su nombre real (Robin Radzinsky), también lo hace Cassidy, en realidad Pam (Marisa Tomei), en su trabajo como bailarina de cabaret. Dos trabajos que tienen más cosas en común de lo que podríamos imaginar (entretener por dinero). Si no fuera por la obstinación de Randy por la lucha libre (aún poniendo en riesgo su vida) la relación entre ambos personajes debería avanzar hacia terrenos sentimentales más profundos. Pero la intención del director no es ir por ese camino, sino que prefiere enfocarse en lo fallido de las relaciones (punto en común con Requiem para un sueño), la dificultad de determinadas personas de congeniar sus propios intereses con las necesidades de los demás. La hija de Randy también sufre por su padre, motivo por el cual termina desechándolo definitivamente de su vida.

En algún punto, encontramos alguna explicación sobre la conducta del protagonista. Las heridas físicas en el ring no son más que una metáfora del sufrimiento real (invisible) de la vida cotidiana de Randy. Cuanto peor es la vida personal de Randy, mejores y más realistas son los trucos que realiza para el público. Y esto no sólo sucede dentro del ring, sino que se extiende al resto de su rutina (Randy trabaja en un “deli” en sus tiempos libres). En una escena gloriosa y patéticamente realista, vemos como Randy se corta literalmente un dedo en la cortadora de fiambres luego de que un cliente lo reconoce y le recuerda su pasado (no olvidemos que después de todo, es una celebridad). La sangre brota hacia todas partes, los clientes del supermercado lo miran azorados (tal como si fueran parte de un show del que no fueron avisados).

Otro punto alto de The Wrestler es, sin lugar a dudas, la caracterización por parte de Mickey Rourke. Es dificil diferenciar actor y personaje. Esto le otorga a la película un tinte documental. ¿No es The Wrestler, a fin de cuentas, una película sobre el mismo Rourke?

Por Hernán Touzón

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