#556. Pink Flamingos (John Waters, 1972)

★★★½ (7/10)

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Antes de ser reconocido, antes de volverse mainstream con films como Hairspray (1988) o Cry-Baby (1990), o incluso antes de adquirir el título oficial de pontífice del trash, John Waters debía ganarse su lugar. Perteneciendo a Baltimore, su ciudad natal y una de las más decadentes de Estados Unidos, y gracias a una mente en conexión con los bajos instintos (muchos más bajos que los que se suelen conocer), al por entonces incipiente director del famoso bigote pintado no le costaría demasiado trabajo. Es más, no hay trabajo alguno más que el concebimiento de las ideas más perversas y el acto de llevarlas a cabo.

Como bien expresaba Freud en su estudio de Lo siniestro, las exposiciones estéticas prefieren ocuparse de lo bello, lo grandioso y lo atrayente. Expresan sentimientos de tonos positivos, excluyendo a los sentimientos contrarios, repulsivos y desagradables. Como una suerte de manifiesto en contra de esa elección de lo bello, Pink Flamingos resulta un ejercicio de la perversidad, del mal gusto por sobre todo punto de estética. La historia de la persona más inmunda (Divine, la drag queen que exuda un estilo camp por donde se la mire… y huela) que es tratada de ser despojada de su título no sería más que, en términos clásicos, el macguffin de Hitchcock. Una excusa para filmar a un puñado de amigos de Waters (quiénes sino) cometiendo las bajezas más atroces, que tienen como fin el despertar la sensibildad del público. Sea a través del humor o simplemente, en su mayoría, la absoluta repulsión.

Waters nos pasea entre placeres carnales con maltrato animal de por medio, la inquietante y humorística presencia de una mujer (Edith Massey) encerrada en un corral pidiendo por huevos a gritos, sexo oral explícito e incestuoso, canibalismo (no real) y la ya memorable escena donde se ingiere la evacuación anal de un canino (real, muy real), entre otras. Por el lado técnico del film, el director continúa los mismos parámetros de romper con lo establecido, de no tener criterio alguno para filmar más que el hecho de producir una chocante reacción en el espectador. Ruptura de ejes (y no referido a otros de los actos sexuales), (des)composición del encuadre y las exageradas duraciones de ciertas escenas que lo único que hacen es extender la experiencia como quien molesta a alguien para ver hasta cuándo lo puede soportar. Estímulos de una mirada perversa que busca generar todo tipo de reacciones, menos la indiferencia. Waters posiciona la mirada en las cosas que nadie quiere o hubiera pensado ver.

El cine es un generador de emociones, Pink Flamingos también lo es, pero con aquellas menos pensadas. Mientras que otros visitan lugares comunes o apuestan a lo seguro, Waters con su visión amoral, sienta sus bases en un plano excéntrico que genera sentimientos encontrados, como el disfrute de lo que está mal o la risa acompañada por el desagrado. Si todo viene junto a naúseas, mejor para el director. Así como existe un cine culto que, con su sensibilidad, abre nuestras mentes; también hay lugar para un cine DE culto que, con otra sensibilidad igual de válida, logra abrir nuestro orificio anal.

Por Nicolás Ponisio

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