★★★★½ (9/10)

La influencia de John Ford en el cine moderno es incalculable. En el caso de Grapes of Wrath, lo que llama la atención es el trabajo de puesta en escena. Los planos son meticulosamente calculados, la fotografía se desprende, autónoma y envuelve, a la vez, a la narración, como si se tratara de un comentario sobre lo que estamos viendo, antes que un artilugio técnico. Nada de esto sorprende al descubrir que detrás de la cámara está Gregg Toland, quien un año más tarde trabajaría con Orson Welles en Citizen Kane. Los primeros planos sólo son utilizados cuando el director los necesita.

La temporalidad emula el tiempo de la vida y del trabajo (de eso se trata la película, de trabajo y sacrificio). A la vez, somos testigos de la forma de vida de los campesinos de EEUU después de la Gran Depresión. La dimensión temporal se pierde, podemos ver la película en la actualidad y sentir que estamos presenciando situaciones universales. Las mismas grietas sociales de hoy, representadas en una película de 1940.

Alguna vez escuché a alguien que le atribuía a Ford la frase “cuanto más local, más universal”. Eso es exactamente lo que vemos en esta película. Se trata de un drama social pero también de una road movie. Lo más interesante es el deambular de los personajes. Deambulan porque no tienen trabajo. El protagonista, Tom Joad (interpretado magistralmente por Henry Fonda), sale de prisión en libertad condicional y su primer encuentro fuera de la cárcel es con Jim (John Carradine), un predicador retirado. Los dos personajes son importantes, pero en el caso de Jim, su visión total de la realidad lo convierte en un guía para Tom. Lentamente, la dura realidad confirmará lo que Tom veía pero no podía conceptualizar, cuando las grietas del sistema  lo lleven hacia otro nivel de conciencia.

Por Hernán Touzón

 

 

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