#1130. Django Unchained (Quentin Tarantino, 2012)

★★★★ (8/10)

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Quizás Tarantino ya no pueda ofrecer algo totalmente nuevo y original. El punto álgido lo alcanzó con ese pastiche inmenso y violento que es Kill Bill, y a pesar de que sus posteriores obras son dignas de ser vistas y disfrutadas, carecen de una absoluta frescura. Quizás es hora de dar puro entretenimiento, sin esperar nada nuevo sino el estilo que el señor Tarantino ya ha establecido hace rato. Es hora de ponerse clásico y qué elemento más clásico que el western.

El director forma pareja entre el género de cowboys y el cine blackxploitation para no escapar del todo del estilo posmoderno, pero a fin de cuentas lo que ofrece es una historia clásica. Un relato de venganza (como viene haciendo desde Kill Bill, seguida por Death Proof e Inglourious Basterds). En este caso la minoría contra aquellos con poder, los años de esclavitud llegando a su fin. Al igual que en Inglourious Basterds donde el director podía pensar con la mentalidad nazi, tan bien expresada en el diálogo inicial del coronel Landa (Christoph Waltz), aquí logra lo mismo con el carácter racista que dominaba a la sociedad norteamericana del 1800. Los diálogos resultan divertidos pero su tono humorístico no ocultan la seriedad crítica con la que Tarantino realiza una radiografía de la sociedad. Retratada con excesos, por supuesto sabiendo de quién se trata, pero no por ello menos válida.

La distancia que se impone estableciendo los hechos en el siglo XIX es expresada en el diseño del arte y el vestuario, pero pasando esos detalles por alto, el contenido discriminatorio posee aún una clara cercanía con el siglo XXI. La lucha de Django (Jamie Foxx) por recuperar a su amada Broomhilda (Kerry Washington) funciona como un divertido recorrido por la historia del racismo (con inclusión de una pre-versión del Ku Klux Klan), donde si bien los blancos y el endiablado Calvin Candie (Leonardo DiCaprio) son los villanos a eliminar, el mal encarnado de los esclavos es la esclavitud en persona.

Stephen (Samuel L. Jackson), es el servicial esclavo de Candie con un agudo caso de síndrome de Estocolmo. Es la discriminación en carne propia, son sus miradas despectivas las que están atentas a todo lo que sucede a su alrededor y la que ponen en peligro a los héroes del film. Candie es tan solo una marioneta con el poder del dinero, pero Stephen posee el poder de la interpretación. Y aquí subyace el centro del clasicismo.

Si bien la historia desde su construcción posee un carácter clásico, incluso se encuentra explícito en el relato del doctor Schultz (Waltz una vez más) sobre una leyenda alemana proyectado en las sombras de una cueva, es el juego del engaño el que lo hace todo posible. Todos los personajes juegan a interpretar a alguien más, alguien que ellos no son. Django y el doctor Schultz se hacen pasar por compradores de mandingos, Candie por un hombre culto que disipa su interpretación al abrir la boca y Stephen por un sumiso y rengo sirviente. Todos ellos, sin ser conscientes de los demás, juegan al mismo juego. El ganador será el que mejor sepa continuar en personaje.

Por eso, una vez que el engaño es develado, en una extensa y tensionante escena, el film pierde su estructura. La clásica guía que lo encaminaba pierde su rumbo en una suerte de improvisación del relato. Una media hora final que, a pesar de no disgustar, no se encuentra a la altura de lo anteriormente vivido. Se transforma en una especie de metáfora sobre la carrera cinematográfica post Kill Bill, donde todo se disfruta pero la intensidad se desgasta. Eso sí, ya muchos cineastas quisieran llegar desgastados de esa forma… o tan solo llegar.

Por Nicolás Ponisio

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