#850. Candyman (Bernard Rose, 1992)

★★★ (6/10)

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El cine ha sido desde hace tiempo, gracias al género de horror, un gran constructor de leyendas urbanas. Personajes que en otros tiempos se utilizarían oralmente por los padres para que sus hijos se porten bien o se vayan a dormir. La diferencia entre el relato y la imagen, es que en la segunda la figura siniestra se materializa, se vuelve real. A otras leyendas que escaparon del celuloide para vivir en la cultura popular mundial, tal es el caso de Freddy Krueger, Jason Voorhees o el muñeco Chucky, se les suma la figura de Candyman (Tony Todd).

Sin alcanzar la popularidad de sus compañeros homicidas, el hombre picado por las abejas, que lleva un garfio por mano y que se aparece a quien pronuncie su nombre cinco veces frente a un espejo, logra poseer un dejo de temor tan relacionado a los cuentos de terror para niños (aunque con un uso mayor de la violencia gráfica). Basado en un relato corto de Clive Barker (sí, el mismo de Hellraiser y que aquí oficia como productor), el film de principios de los noventa ha envejecido con el paso del tiempo haciendo que el clima de terror latente se haya desgastado y genere un desarrollo que se torna lento.

Sin embargo subsiste gracias al empleo que se hace de la figura que da nombre al film, la cual captura ese carácter de leyenda urbana al ser en gran parte una figura presente en el ambiente, un nombre en el aire. A diferencia de los otros personajes del cine de terror ya mencionados, de los cuales dentro del relato se da por sentado su existencia, Candyman es una duda. Es la incomodidad desatada en Helen (Virginia Madsen), el elefante dentro de la habitación. Un clima que desata el interrogante tanto en la protagonista como en el espectador.¿Realmente existe Candyman o solo estamos ante la presencia de una locura cada vez mayor? Por más que dudemos, es claro que Candyman ya se instaló en nosotros, por lo tanto existe.

Pero aquel no es el único mérito de un film que a simple vista puede resultar uno más del montón y no muy logrado. Si algo más que la trama principal puede captar la atención, si esos momentos donde el film parece deambular sin tener una meta fija pueden ser mejorados, eso se da por la banda sonora de Philip Glass. La orquestación, los arreglos corales, parecen salidos de un viejo templo. Es una oda a este ser vengativo, con su fuerza y armonía eleva al film sobre todo aspecto técnico, actoral o de guión. Incluso se eleva ante nosotros y tomándonos nos eleva junto a él. Produce una conexión sentimental que sin esa musicalización jamás sería lograda. Al igual que una leyenda urbana que necesita de la creencia para poder vivir, Philip Glass logra que creamos en Candyman y lo acompañemos extasiados hasta el final. Cualquier otro aspecto del film, sin el acompañamiento musical, hoy en día yacería perdido en el olvido. Por suerte, Glass nos ayuda a creer y logra que Candyman continúe con vida.

Por Nicolás Ponisio

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