#653. Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979)

★★★★ (8/10)

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Los años setenta. Época prolífica para el séptimo arte y aún más para ese barbudo querido, pero no tan agradable, que es Francis Ford Coppola. Ocho años, cuatro obras maestras. Las dos primeras partes de The Godfather (72-74), The Conversation (1974) y el cierre dorado que implica Apocalypse Now (1979). La etapa de un director en llamas que culmina, justamente, incendiando y haciendo volar todo por los aires.
Coppola y el guionista John Milius no solo se adentran en el mundo de destrucción bélica sino que, estratégicamente, invaden y minan la obra de Joseph Conrad (Heart of Darkness, 1899). Los restos hallados serán de gran utilidad para el film. Si bien el trabajo argumental de Conrad es totalmente descartado, la esencia del mismo baña al film al igual que las olas explosivas a los soldados surfistas del coronel Kilgore (Robert Duvall). La premisa del libro, la fascinación y el interrogante que representa para un marinero el hombre al que tiene por misión asesinar, es una mera atmósfera traslada y extendida a más de dos horas y media de metraje (tres horas, veintidós minutos si se trata de la versión redux). Hipnótica, densa, filosófica, exótica y erótica. Si bien todo lo que rodea a los personajes es caos y descontrol, no es comparable al que viven en sus mentes y, por qué no, también en sus corazones.
A medida que el capitán Willard (Martin Sheen) y sus compañeros se adentran cada vez más en la jungla vietnamita, flotan por el río ahogándose en su propio infierno. Mientras que otros film bélicos optan por una descripción gráfica de la batalla y el reguero de sangre dejado a su paso, Apocalypse Now describe las cicatrices interiores más que las heridas. Desde el inicio del film hasta que Willard se topa frente a frente con el coronel Kurtz (Marlon Brando), Coppola utiliza el contexto bélico como belleza del horror.
El registro de imagen, aún en los momentos más desconsoladores o carentes de ética y moral, surten un efecto de atracción. Una apreciación estética que encantan a través de su composición (en la que tiene mucho mérito la fotografía de Vittorio Storaro), que en otras circunstancias no tendría punto de relación alguna con su contenido. La secuencia inicial con las palmeras en medio de una danza de llamas al son de The Doors y los sonidos de hélices de helicópteros que se funden con el de un ventilador de hotel, enaltece la belleza donde no hay lugar para ella. Recuerda un poco al poderío visual del registro de explosiones nucleares, donde los hongos atómicos y sus ondas expansivas son de una belleza tan indescriptible como la sensación de horror que despiertan cuando se es consciente que dicha belleza implica muerte y destrucción.
La utilización de la cabalgata de las valkirias mientras que los helicópteros se dirigen a abrir fuego con un inmenso sol detrás de ellos es digna de apreciarse de manera culposa. Se destaca la perfección fílmica a la vez que la imperfección humana. Un sentido de los actos atroces que se cometen como de la despreocupación de aquellos que ya adoptaron ese entorno como su hogar o una temporada vacacional. Sentimientos encontrados que se hacen presentes con la naturalidad de quien asesina sin problema alguno al hombre que tiene a su lado. El salvajismo, sea de parte del soldado en campo de batalla o de un burocrático militar que se sienta a almorzar, le es innato al ser humano como el encanto de la imagen lo fue para Coppola en esos bellos años setenta.
Por Nicolás Ponisio

 

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