#1001. Kill Bill: Vol.1 (Quentin Tarantino, 2003)

★★★★½ (9/10)

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Una curvilínea y blonda enfermera sostiene una jeringa en su mano y se acerca paso a paso a una figura que se encuentra ubicada en una butaca. Al estar la habitación a oscuras se vuelve difícil distinguir si la figura pertenece a un hombre o una mujer. La aguja, extensa, brillante y con una pequeña gota en su punta se aproxima a la córnea de la persona sentada. Una vez que la penetra, una luz ilumina el cuarto y la pupila permite que se meta al interior del ojo ocular. El contenido de la jeringa es un rush de adrenalina que altera al nervio óptico ofreciéndole una de las obras cinematográficas más placentera.

En Pulp Fiction (1994), éramos testigos del efecto adrenalínico post sobredosis de Mia Wallace (Uma Thurman), en Kill Bill los roles cambian y somos nosotros, el público, quienes recibimos la inyección mientras Thurman nos observa desde la pantalla. Y no es el único cambio dado. Tarantino dejaría un poco de lado su pasión verborrágica para centrarse más en su mirada esteta (solo un poco ya que en el volumen 2 esa esencia de guión Tarantineana volvería al ruedo). La elección del título deja en claro que las palabras no pesan tanto en el film sino en el poder de la acción, la que capta la cámara y la que está fuera de cuadro llevada a cabo por la mente del director. Todo se encuentra al servicio de la mirada y del disfrute de la misma.

Fotografía y edición están a la hora del día. Desde su artificio transmite diversión, excesivos puntos de referencia cinéfila y sobre todo cariño hacia los personajes; sea en la desenfrenada batalla contra el grupo Yakuza The crazy eight o el duelo en un set que cubre a los personajes de nieve y una azulada oscuridad de la noche. Son personajes que con una pizca de detalles logran que, incluso tratándose de villanos, se lamenten sus muertes. El fallecimiento de una madre observada por su hija o una respetuosa y ceremonial lucha que finaliza con el corte de pelo definitivo jamás hecho. En esta primera parte incluso no se precisa de explicaciones ni motivos claros de represalias. El poder yace en la imagen y el uso que se hace de ella. Siempre desde una mirada posmoderna, correspondiente al tipo de cineasta/cinéfilo con el que estamos tratando.

Si Tarantino antes demostraba su dominio para el relato y la palabra, ahora logra lo mismo de forma talentosa con la diversidad de imagen. Kill Bill es un film que se adapta a cualquier género o estilo visual y en cualquiera de ambos funciona a la perfección. De tonos monocromáticos a resaltadores rojos y amarillos, de la violencia burda a una coreográfica danza contra sombras, del western al animé y de éste al género de kung fú de los sesenta y setenta. El viaje de La novia (Thurman) en busca de Bill (David Carradine), el hombre detrás de la cortina, maneja la pulsión de entretenimiento en forma de un incesante zapping. Forma una cadena que transforma al amor por un clasicismo tipo de cine en una nueva clase de cine. Un consumidor que crea a otros de su tipo con un nostálgico material nuevo. Entrena al ojo con un cine contemporáneo y lo educa para acudir al material de origen. La inyección ha surtido efecto.

Por Nicolás Ponisio

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