#587. The Godfather: Part II (Francis Ford Coppola, 1974)

★★★★ (8/10)

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Respeto. Presencia y ausencia del mismo unen los dos hilos argumentales que conforman a la precuela/secuela de The Godfather. Al igual que su predecesora, la obra de Coppola goza de un desempeño artístico regido por la excelencia. Mencionar el destacado trabajo actoral o el poderío visual de Gordon Willis, es recaer en las meras alabanzas que este clásico ha recibido durante décadas. Por eso, en esta ocasión, dejan lugar al laborioso arte del montaje. El unificador y hacedor de sentido que muchas veces no llega a ser apreciado por el ojo espectador, cegado ante los elementos con mayor presencia visual en pantalla.

Dos tramas, distanciadas por una diferencia de más de treinta años y que muchos destacarían por la precisa construcción de guión, encuentran su punto de unión gracias a la edición. Sin tener como resultado un nexo caótico o forzado, las historias del joven Vito (Robert De Niro) y la del ya todo poderoso Michael Corleone (Al Pacino) funcionan en conjunto y de manera comparativa al mismo tiempo que pueden mantener fácilmente una independencia entre ellas. Los fundidos encadenados forman estrechos lazos. Similares a una cadena de adn, no solo ponen en evidencia la unificación por medio de la sangre (familiar y derramada, dos aspectos que no tardarán también en enlazarse) sino que funcionan como puntos de diferenciación. Aquí es donde el factor respeto se presenta para ser el centro de atención. Coppola toma el origen de Vito para abrazar los valores y códigos del que en un futuro sería el gran jerarca de su familia (la consanguínea y la criminal), a la vez que los rechaza y asesina con el firme puño de Michael. Mientras que el primero se labra su reputación con acciones ilegales en pos de su familia, el segundo se excusa con ella para lograr sus cometidos sin importar que mancillen el honor ganado por su padre.

Estados Unidos es la tierra de esperanza y oportunidades que le brinda a Vito la oportunidad de formar un hogar y ganarse el respeto de quienes lo rodean, aunque para obtener eso, irónicamente no deba tener consideración alguna por Don Fanucci (Gastone Moschin), el jefe de la mafia en la Little Italy de los años veinte. La tierra del norte tampoco queda exenta de comparaciones. El film tiene como eje importante al poder político, el cual mancha y agrieta, al otrora país de la esperanza. Deforma la tierra donde Vito se formó. La corrupción en el senado, las alianzas y manejos con la cosa nostra hacen carecer de libertad y seguridad al país que le brindó eso mismo al primer don Corleone. La tierra de la libertad en la trama que concierne a Michael es Cuba, donde política y crimen se unen en un territorio donde la falta de derechos y esperanzas de todo el pueblo supone lo contrario para quienes están al mando y para aquellos extranjeros con poder en los negocios hoteleros. La falta de moral sigue tomando protagonismo e incluso lo continúa haciendo fuera de cuadro; ya que la libertad prometida en el derrocamiento de Batista solo sería el traspaso de un régimen dictatorial a otro.

Los actos de Michael, laborales o para con su familia, son una goma de borrar que elimina todo mérito u honor adquirido tiempo atrás por su padre. Lo que el primer don manejaba a través de la sinceridad e incluso con amor, el sucesor lo hace con el miedo y el engaño sin importar de quien se trate. A medida que avanza el film, el nuevo padrino se vuelve una figura oscura que no mantiene parentesco alguno con su padre, se vuelve una sombra de él. La magia del montaje lo resalta logrando que se vea a Vito repleto de cariño por su familia, viajando en tren con Michael en sus brazos, mientras que su hijo adulto se encuentra sumido en sus pensamientos, carente de todo tipo de amor y compañía.

La primera parte, filmada en 1972, funcionaba como una foto del conjunto familiar, con sus valores y las reprimendas tomadas para aquellos que no los valoraran. Dos años después de ese primer film, el retrato se encuentra con el vidrio resquebrajado, sucio y una imagen opaca, apenas visible, que solo tiene a un solo integrante de lo que antes fue todo un clan. En su desesperanza se encuentra también la maravilla que representa para quien la ve. The Godfather: Part II termina siendo para el público una gran isla de libertad a la que observamos atentamente como un pequeño Vito Corleone.

Por Nicolás Ponisio

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