#878. Pulp Fiction (Quentin Tarantino, 1994)

★★★★★ (10/10)

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Director, guionista, a veces “actor” (para mal de muchos), pero ante todo: cinéfilo. Esa última palabra es la que mejor define a Quentin Tarantino. Un personaje, sí no es una persona sino un personaje, con la extravagancia, la verborragia de muchos de sus personajes y un carácter frenético propio del ritmo que maneja en sus films. La fuerza visual de su obra golpea siempre con fervor, pero si hay algo que la supera con mayor intensidad y una construcción digna de una pieza de relojería, eso es el arte de la escritura, la elaboración de guión. Tanto el progreso narrativo como el desarrollo de anécdotas, diálogos y soliloquios que despiertan un placer similar al de la lectura y un despertar de interés e imaginación,  fascina a la mente con un poder visual excediendo a la inventiva de la imagen. Si bien este factor se encuentra presente en toda su filmografía, y el mismo logra que en cuestión de segundos se entienda rápidamente frente al trabajo de quién estamos presentes, es en Pulp Fiction (su segundo largometraje) donde alcanza el mejor nivel de perfección y desarrollo, quizás solo opacado por Kill Bill (2003-2004).

La estética del film ha hecho escuela y la caracterización de sus personajes se convirtió parte de la cultura popular mundial. Pero algo que los construye e identifica de la manera más realista es el don de la palabra. En un film donde el realismo de las situaciones será puesto en juego, es todo un logro generar conversaciones que adoptan situaciones cotidianas o referencias culturales que, al ser expresadas con naturalidad parecen nacidas de la improvisación y vuelven factibles los hechos donde se suceden, por mas descabellados e inverosímiles lleguen a ser. Dichos diálogos y referencias, propias de norteamérica y también universales como es el ejemplo del Jack Rabbit’s Slim, en palabras de Vincent Vega (John Travolta) ese museo de cera vivo, se van hilvanando y construyendo poco a poco. Eso mismo logra que, al llegar a situaciones que podrían resultar ridículas o poco creíbles, el público se lo tome con naturalidad. O al menos toda la naturalidad posible que se puede tener dentro de ese universo que arremete explosivamente en la pantalla, aumentando de nivel y traspasando constantemente los límites de la sorpresa, la violencia, el absurdo, la comicidad y el placer per sé.

Las cuatro historias que conforman al film están levemente relacionadas dentro de un desorden narrativo que, en su desquicio de idas y vueltas, solo deja en claro el control y creatividad de la que gozan sus guionistas (Tarantino y Roger Avary). Sin embargo, la mayor exponente de ese (des)control narrativo en aumento es The Gold Watch, la historia que tiene como protagonista a Butch (Bruce Willis). La imagen de llevar un reloj en el recto por años (narrada por Christopher Walken con una seriedad inmaculada), ya demasiado gráfica para la mente humana, aumenta de nivel tras nivel pasando incluso por temas como el honor familiar, el amor, una misión de rescate, persecuciones y uno de los más enigmáticos abusos jamás visto en la pantalla. Todo dentro de una experiencia que, en los años venideros se intentó repetir y copiar sin éxito y que, al igual que su contenido, representa una obra única y original en su estilo. Termina la función y aquellas palabras, nacidas en papel y expresadas en pantalla, se retiran con nosotros, el público que durante veinte años (y los que vendrán) continúa repitiéndolas sin cansancio. Frases no impresas en papel pero sí en nuestra mente cinéfila.

Por Nicolás Ponisio

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