Por Nicolás Ponisio


Título original: Buffalo ’66. Año: 1998. Duración: 112 min. País: Estados Unidos. Dirección: Vincent Gallo. Guion: Vincent Gallo, Alison Bagnall. Música: Vincent Gallo. Fotografía: Lance Acord. Reparto: Vincent Gallo, Christina Ricci, Ben Gazzara, Mickey Rourke, Rosanna Arquette, Anjelica Huston, Kevin Corrigan, Jan-Michael Vincent. Productora: Lions Gate Films.


Desplegando una paleta de tonos descoloridos y variopintos personajes, la ópera prima de Vincent Gallo, nacida dentro del género independiente, se impulsa con una identidad de estilo solo perteneciente a ella. La delicadeza con la que es llevado a cabo cada plano y la armonía con la que son retratados los escenarios de la ciudad de Buffalo coexisten en pantalla junto a un tono agresivo. Estos elementos, tan distintos el uno del otro, no entran en conflicto ni se presentan como objetos de contraposición. Son parte de la química generada entre Layla y Billy (Christina Ricci y Vincent Gallo), quienes al igual que el film, producen un creciente estadio de amor. Un sentimiento sorpresivo e inexplicable como las pequeñas excentricidades que conforman el espíritu de Buffalo ’66.

Como una suerte de descendiente del ambulante Travis (el personaje de Harry Dean Stanton en Paris, Texas), Billy se presenta ante nosotros como un ex presidiario del cual, en primera instancia, no sabemos nada. Tan solo lo acompañamos en su viaje, primero en busca de un baño, luego en un secuestro devenido en encuentro familiar. Gallo (que pone su egocentrismo a la hora del día en los roles de director-guionista-actor-productor-músico pero sin disgustar ya que el resultado en cada área es satisfactorio) construye a su Billy de manera salvaje, incluso chocante. El protagonista no genera empatía alguna, al contrario de lo que ocurre con su partenaire femenina. Eso al menos hasta que se comienza a brindar más información acerca de él y su entorno, lo cual no justifica sus ataques de ira y frustración pero permite comprenderlos, logrando compartir con Layla esa suerte de síndrome de Estocolmo.

Es así como, dentro de una imagen pacífica o cotidiana (un cuerpo acostado en un banco rodeado de nieve o un almuerzo) se llega a conocer más de Billy gracias a la interrupción de “recuerdos cúbicos” cargados de agresividad dramática y satírica. De lo negativo nace lo positivo, no se puede tener lo bueno sin lo malo y eso es lo único a entender al ver como la ternura de Layla encaja a la perfección con la intranquilidad de Billy. El amor que se le da a una nuera y se le niega a un hijo o el enojo en un partido de bowling que se convierte en un seductor baile de tap. El abundante empleo del virtuosismo estético, que no teme ocultar su artificialidad, intensifica la visión y los sentimientos de los personajes. Como pequeños haces de luz, enaltecen detalles y exteriorizan de la mejor manera la carga interior de Billy y Layla. Como si Gallo fuera el director de nuestro ser, al hacer esto también enaltece nuestros sentimientos y afianza la unión con esos personajes amados e imposibles de abandonar. Si ustedes se quieren ir, váyanse, pero yo me quedo.

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