#550. The Godfather (Francis Ford Coppola, 1972)

★★★★½ (9/10)

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La familia sea unida… y aún más si es a través del espeso poder de la sangre. Une lazos, genera temor, respeto y, cual ola turbia al mejor estilo The Shining (1980), termina arrastrando a todos consigo. Aquellos que solo se atienen a observar desde la distancia, serán salpicados e irrefrenablemente se verán involucrados. Al igual que en su inicio, el film se rige constantemente entre el amor filial/fraternal y los turbios negocios que afianzarán o condenarán el sagrado concepto de familia. Donde se puede apreciar una típica celebración familiar, el disfrute de un variado sin fin de peculiares personajes, también se nos presenta, en paralelo, los negocios del patriarca de la familia (esposo, padre, abuelo y sobre todo padrino). Los soleados rayos de la luz del día y los diversos tonos coloridos de la fiesta entran en contraposición con la oscuridad que inunda la oficina de Don Vito Corleone (Marlon Brando), de austeras expresiones envueltas en apenas una luz tenue que ingresa por las persianas y de débiles figuras atravesadas por sombras poderosas. Un intimismo pictórico nacido de la fotografía de Gordon Willis que apela, al igual que aquella fiesta, a una apariencia siempre correcta, respetuosa y notable. Lo cierto es que detrás de los pactos de negocio, apretones de mano, sonrisas, bailes y fotos familiares no hay apariencia alguna. Nadie pretende, la unión es real. Se rige un código de honor de antaño que sitúa al trabajo de la mafia y los valores familiares en la misma posición: altos en el altar. El director, con su estructura clásica y correcta, incluso elegante, maneja la hipocresía y la falta de verdad de la que carece la familia Corleone (al menos en principio) en todos los ámbitos que rodean a los personajes fuera de ese templo sagrado que es el hogar. Coppola no escatima en tiempo narrativo (el film dura sus casi tres horas) para utilizar la cámara como radiografía de un esterotipo de familia italiana y no solo eso, sino también para tomarse el tiempo necesario de hacerlo con cada integrante principal del clan. Desde la personalidad protectora e impulsiva de Sonny (James Caan), la seriedad y eficiencia de Tom (Robert Duvall), la falta de carácter de Fredo (John Cazale) hasta llegar al espíritu, recto, libre y romántico, que no tardará en doblegarse, de Michael (Al Pacino). Con cada uno de ellos se rige un código de honor y respeto que, ligado a una mirada pesimista de la realidad que los rodea y la modernización del hampa acorde a los tiempos que corren, entra en conflicto con ese lado luminoso de la vida que es el amor y la familia. Las contraposiciones y el doble discurso siempre están presente, basta con tan solo recordar la escena del bautismo que, sangriento ajuste de cuentas con montaje paralelo de por medio, donde Michael acepta a Dios. No se puede tomar lo bueno sin lo malo y, llegado un punto, solo habrá lugar para uno. La familia no se elije y, en ocasiones, tampoco se sobrevive a ella.
Por Nicolás Ponisio
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