#939. Happiness (Todd Solondz, 1998)

★★★★½ (9/10)

hapinness

Cada familia es un mundo. Sustentado con esa base, Todd Solondz se adentra en las vidas de una típica familia de clase media. Se atreve a diseccionarla y, al igual que sucede con un cuerpo, saca a la luz sus desagradables vísceras, dando a conocer un aspecto que difiere de la imagen externa, del disfraz social que supone el ser humano. Si bien se centra en el lado socialmente oculto, no implica algo desconocido para la mirada espectadora. Irónicamente, con una densa capa de humor negro, el director se anima a contar aquello que todos saben que ocurre detrás de las fachadas de muchos hogares, pero que nadie se arriesga a ver o a hablar de ello.

Toda comedia se sirve de lo trágico para cumplir su cometido, en Happiness el humor está presente pero como generador de una incomodidad latente. El mismo es llevado a cabo por una acción pasiva-agresiva. La unión de lo políticamente incorrecto con el manejo armonioso del relato. La banda sonora, la calidez fotográfica y la construcción de escenas íntimas y sentimentales disfrazan al film como un melodrama barato, una telenovela o la cursilería habitúe de Virginia Lagos. La verdad detrás de ello se encuentra en las palabras. Crueles, frías, perversas y sobre todo sinceras, cada una de ellas conlleva una fuerte dosis agresiva y destructora mucho más violenta que cualquier agravio físico (también presente pero más que nada fuera de campo). Un encuentro entre hermanas, una charla amistosa en un café o las curiosidades de un niño expresadas a su padre, en apariencia son hechos inofensivos que en verdad expresan el patetismo de sus vidas, la ausencia de amor, contacto humano y moral. Cuanto más cercana e íntima parece una conversación o las actividades que ocupan la vida de estas personas, se hace más presente la deformación ética de los personajes.

En vez de reprimir los deseos oscuros, Solondz los suelta y esparce a toda costa por su relato coral. Las perversidades presentes, tales como acosos sexuales teléfonicos, pedofilia, una violación o el deseo ardiente de sufrir una, son efectos de acción-reacción ante las frustraciones de la vida, la soledad que invade a los personajes y esa búsqueda constante de felicidad que nadie alcanza. Aquellos que dicen alcanzarla solo son un muestrario más de la inmensa colección de apariencias que ofrece el director. Lo patético, devenido en monstruo destructor, deja en claro que la bestia es tan humana como el público que la atestigua. La reacción de éste frente al horror es indignación vestida de humor y el saber que la felicidad, tanto para los personajes como para el público, solo se halla en el título de un film. Sin mucho más para expresar, se puede decir que ya acabé.

Por Nicolás Ponisio

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