#713. A Nightmare on Elm Street (Wes Craven, 1984)

★★★½ (7/10)

A Nightmare On Elm Street 1

Si Sandman, personaje del folclore anglosajón, es un ser mágico que provee a los niños de dulces sueños para que descansen por la noche, al menos en su versión benévola. Otras versiones toman a Sandman como un ser maléfico que atormenta a los niños que no se van a dormir cuando sus padres lo dicen y les quita los ojos para alimentar a sus crías (y después se culpa a Disney de dañar las mentes infantiles). Como si se tratase de una versión aún más aterradora, si eso es posible, a mediados de los ochenta aparecía un nuevo atormentador de niños y muy ligado al mundo de los sueños. Freddy Krueger, uno de los villanos más reconocidos del mundo cinematográfico.

El personaje, interpretado por Robert Englund, dobla la apuesta de su compañero del mundo onírico. Mientras que Sandman captura a sus presas por no dormir, Freddy aterroriza a sus víctimas justamente al dormir. Wes Craven posiciona a los personajes en un mundo de pesadilla constante, una tortura que excede el hecho de si están durmiendo o no. Cuando duermen, la presencia de Freddy los acecha en cada rincón, mientras que al estar despiertos, el estrés y la resistencia al sueño son otras dosis de castigo. No hay respiro y, sabiendo esto, Craven logra hacer prevalecer la tensión a cada instante. Desde los imaginativos escenarios que se desarrollan en la mente de los personajes, como los pies de Nancy (Heather Langenkamp) al hundirse en los escalones o el torbellino de sangre que supone la muerte de Glen (Johnny Depp), hasta la aterradora música de cuna, compuesta por Charles Bernstein, que se desentiende de la finalidad de relajar a quien la oye.

Terror y atractivo visual comparten la pantalla por igual (no ocurre lo mismo con las actuaciones donde las buenas brillan por su ausencia), sin obviar la originalidad de tal villano e historia a pesar de que, con el paso del tiempo, a envejecido con notoriedad. La tensión y la creativad de los escenarios donde se desarrollan las muertes no deja lugar al escape (al menos para el público y a unos cuantos adolescentes del film), sabiendo jugar con el mundo de ensueño y el real hasta llegar al punto de no poder diferenciar uno del otro. Esto logrado sin la necesidad de constantes explicaciones o idas y vueltas. Algo de lo que cineastas como Christopher Nolan y su perinola de la suerte podrían aprender un poco.

Por Nicolás Ponisio
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