#590. Dog Day Afternoon (Sidney Lumet, 1975)

★★★½ (7/10)

Dog Day Afternoon foto1

El film de Lumet comienza con un vistazo a Nueva York, más específicamente a Brooklyn. Describe el ocio, el trabajo, los juegos, risas y quehaceres habituales de sus habitantes. Un recorrido al son de Amoreena de Elton John que poco a poco dejará lugar a los ruidos de la ciudad. Ruidos que en la vida diaria pueden ser agobiantes, invasivos, aquí juegan un rol inverso para con la calma del interior de un banco. Dos ladrones (al comienzo tres) algo inexpertos quieren llevar a cabo un robo de banco perfecto que estará lejos de serlo. Una vez iniciado el asalto, no hay lugar para la música ni el bullicio exterior, pero, dentro de esas cuatro paredes, sí lo habrá para el caos, la prisa, los nervios y la presión que puede lidiar cualquiera con la ciudad.

Sonny (Al Pacino) es alguien que sabe mantener el control y llevar a cabo la operación, pero pequeñas fallas son las que desatan paulatinamente los nervios, la claustrofobia en él a medida que también se gana el cariño de la gente gracias al poder mediático televisivo. En gran parte del film, más que nada en su primera y mejor hora, el público no conoce demasiado del pasado de Sonny ni las intenciones detrás del acto delictivo, lo cual no evita que la misma simpatía que tienen los habitantes de Brooklyn por él sea compartida con el espectador de la película. Sonny es una fuerza antisistema, ex veterano de Vietnam que solo quiere salirse con la suya sin tener que lastimar a ninguno de sus rehenes. Cuando corre por la calle al grito de Attica, Attica (rebelión de presidiarios en 1971) nosotros, el público, queremos unirnos a los vítores de la gente a su alrededor. Sufrimos con él y queremos con todas las fuerzas que se salga con su cometido. Somos fans que, al igual que las mujeres rehenes (¿groupies?), no se separan de su lado dentro de ese banco y nos encontramos bajo un principio de síndrome de Estocolmo. Se gana el apoyo de la gente como lo hicieron Bonnie y Clyde o la pareja de enamorados Kit y Holly de Badlands (Terrence Malick, 1973), solo que el atractivo reside en Sonny y no de igual manera en Sal, su compañero (John Cazale).

Una vez que las intenciones de Sonny son reveladas, necesita el dinero para pagarle la operación de cambio de sexo a Leon, su novio (Chris Sarandon), el ritmo del film se vuelve más lento y menos caótico. Sufre algunos altibajos pero de todas formas nos regala uno de los mejores momentos íntimos y de interpretación, una charla telefónica entre los dos hombres (la cual se dice que fue en gran parte una improvisación). Escenas como esa son las que, cuando dudamos seguir acompañando a la historia, nos hacen seguir tomando a Sonny de la mano e interponernos entre la policía y él. La película, como muchas de finales de los sesenta y la década del setenta (Easy Rider de Dennis Hopper o The French Connection de William Friedkin) sufre de un final anticlimático que parece acelerarse. No se toma el tiempo necesario de desarrollo como el que sostuvo de construcción a lo largo del relato, perdiendo un poco del encanto ganado pero sin arruinar los momentos precedentes. Somos fieles a la banda de Sonny y si volvieran a “tocar”, gustosos estaríamos de verlos, reunidos en un pogo al grito ensordecedor de Attica, Attica!!!

Por Nicolás Ponisio

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