#593. The Rocky Horror Picture Show (Jim Sharman, 1975)

★★★★ (8/10)

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Solo hay una palabra que puede describir en su totalidad el someterse a la experiencia de The Rocky Horror Picture Show. Esa palabra es placer. Un placer que vuelve lo audiovisual en carnal y viceversa. Los bailes y cantos que se suceden dentro del lúgubre castillo del científico Frank-N-Furter (la extravagancia de Tim Curry en toda su gloria) claman por la libertad (¿y el libertinaje?) de sus deseos, la cual es hallada por los personajes y el público a la vez. La excentricidad de los alienígenas del planeta Transexual Transilvania se vuelve algo natural en un orgásmico viaje donde los, en primera instancia, inhibidos protagonistas Brad y Janet (Barry Bostwick y una tentadora Susan Sarandon) son la rareza, lo naif, algo chato y cursi que repudiamos. Son el ciudadano común, el autómata que sigue las reglas según el libro de una vida carente de emociones… de las verdaderas.

Transgresora en su contenido, toma una puesta en escena teatral que lejos está de disgustar. Lo que puede resultar feo y artificial para un cinéfilo purista acá brilla perversamente en el disfrute. Y es que eso es el principal, y tal vez único, fin de la obra. Entregarse al absoluto placer, despojarse de lo convencional (y de la ropa) abriendo la mente a otra forma de entretenimiento. Es por eso que el film de Jim Sharman se ha vuelto de culto y cada proyección o visionado del mismo encuentra en su público transilvano el escape a lo cotidiano y una devota entrega hacia él. Sea porque se disfrazan para las funciones, recitan los diálogos o bailan y cantan sin importar el que dirán. Claramente reciben el mensaje interplanetario y no lo sueñan, lo viven.

Ese impulso contenido que tienen Brad y Janet desde que ingresan a la mansión no tarda en desatarse en puro éxtasis. Lo mismo ocurre con el fanático o un espectador que ve el film por primera vez (un virginal). Lo fantástico y el encanto de estos seres intergalácticos logra que muchos mortales puedan sucumbir a la atracción generada, esa que se mueve dentro del cuerpo al ritmo de las canciones hasta que  terminan por exteriorizarlo sea cantando o bailando.

The Rocky Horror Picture Show es la familiar voz en la cabeza que suele ignorarse pero que aquí logra salirse con la suya. Puede disgustar o, usando un término más correspondiente al film, perturbar a muchos con su deshinibida personalidad. Pero aquellos que sean impactados por ella, como si fuera el rayo medusa de Frank, no tendrán reparo en ofrecerse a su afrodisíaca seducción. Con un salto a la izquierda volverán al film en más de una ocasión y perturbarán al tiempo, y a más de un mortal, otra vez.

Por Nicolás Ponisio

 

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