#641. Halloween (John Carpenter, 1978)

★★★★ (8/10)

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Fundadora del subgénero slasher (el asesino sediento de sangre adolescente), Halloween establecía un nuevo parámetro en el cine de terror sin la necesidad de caer en el mero morbo de la pornografía sanguinolenta a la que se suele estar acostumbrado hoy en día.

El film de Carpenter deja establecido desde un principio, con esos subjetivos minutos iniciales muy influenciados por el giallo italiano, que Michael Myers funciona como una entidad vouyerística. Una presencia destinada a compartir el estatus de obra maestra al igual que el film al cual pertenece. El cine como transmisor de emociones, cuando lo logra, entra en una relación de intimidad con el espectador. Algo que excede lo físico, lo tangible y que sin embargo ocupa un espacio junto al público. Myers logra lo mismo. Es cine, es sentimiento, es un observador y una pulsión latente que adquiere la forma corpórea de un gigante con máscara de Mickey Rourke post-cirugía plástica.

Exceptuando el prólogo y algún breve enfrentamiento, el asesino se mantiene a un lado gran parte del film hasta la climática media hora final. Calculador y aguardando el momento preciso de atacar. Esto no significa que su presencia sea menor, todo lo contrario. El director logra que Myers esté prácticamente en cada uno de los planos del film, sin importar que aparezca físicamente o no. El detalle de un auto expectante, una figura moviéndose detrás de una enredadera o el rostro intranquilo de Laurie (Jamie Lee Curtis) son los que construyen en conjunto la sensación de peligro inminente. Pero todos ellos, a la vez, quedarían obsoletos sin la inclusión de un elemento tan importante o más que el asesino de turno: la música.

La banda sonora, compuesta por el mismo Carpenter como en la mayoría de sus films, es el otro ser que está presente constantemente y que se labra su propia identidad, reconocible aún para aquellos que no vieron la película. Algunas escenas hoy pueden resultar algo naif pero el uso de una simple nota musical es lo único que se requiere para sobresaltar al espectador más valiente y experimentado en el género. Carpenter repite una y otra vez el leitmotiv musical que lejos está del hartazgo. El hecho de utilizarlo incluso en escenas carentes de terror sirven para transmitir el estado de alerta constante. Nadie está salvo, ni siquiera el espectador. Si Myers es una fuerza imparable también lo es el temor que oprime nuestro pecho. El único respiro es que el latido se detenga (oh, paradojas de la vida).

Con muy poco, Carpenter hace mucho con el fin de lograr un ambiente de inquietud que jamás termina. Las tomas finales se pasean en una desoladora atmósfera, recorren las mismas calles y casas que el mal visitó. Pero esos lugares no están vacíos y mucho menos a salvo. La música vuelve a sonar, esta vez uniéndose a un jadeo que está lejos de ser de alivio o placer. Es la respiración de alguien que acecha, ansioso por matar aunque sea solo una vez más. Música y respiración se vuelven uno solo. Es fuerza, es tensión, es goce, es cinefilia, es arte… y es Carpenter.

Por Nicolás Ponisio
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