#97. My Man Godfrey (Gregory La Cava, 1936)

★★★ (6/10)

My man godfrey - Al servicio de las damas (foto) 03

William Powell es uno de esos rostros que, junto al de contemporáneos suyos como Cary Grant o James Stewart, siempre da gusto ver. Aún en films no del todo logrados que no llegan a arruinar el encanto y talento del actor. Tal es el caso de My Man Godfrey, considerada por muchos una de las películas cabeceras de la Screwball Comedy pero que en verdad no está a la altura de otras como The Thin Man (también protagonizada por Powell) o To Be or Not to Be.

Si bien el film de Gregory La Cava hace un buen uso de los escenarios (desenvuelve y resuelve muy bien gran parte de la narración dentro de la mansión donde trabaja el ex burgués/ex vagabundo Godfrey) y entrelaza por igual la trama amorosa junto con su crítica de la frivolidad burguesa, es en el humor donde termina fallando. La Cava se mofa de la locura de los Bullock, principalmente de las tres mujeres de una familia que pertenece a la alta sociedad. El director llega a la fiesta con Carole Lombard y William Powell, la atención está puesta sobre él, no puede arriesgarse a perder la atención de los invitados. ¿Qué hace? Se propone contar una sofisticada anécdota que hará temblar a carcajadas las mandíbulas de su público. La seguridad al narrar la tiene y también el encanto para atrapar a todo aquel quien lo escuche. Desgraciadamente, al llegar al remate, la respuesta del público es un rostro serio y la decepción de quienes esperaban que la gracia, tarde o temprano, llegara a ellos.

Al igual que la situación financiera del 29, y la inminente crisis que parece acechar a los Bullock, el film parece sufrir su propio derrumbe. La esperanza del éxito y la alegría que la historia brinda a sus protagonistas se haya en el guión más no en sus diálogos. Powell, como si fuera uno de los peces que observaba encantado el chico de la motocicleta (Mickey Rourke en Rumble Fish), le da color a un film que no lo tiene tanto. Un atisbo de alegría que no llega a durar. Al igual que su monocromático blanco y negro, My Man Godfrey es una obra cuasi opaca. Con el correr de los años, parece haber ido perdiendo cada vez más su brillo, más no la esperanza. Las risas que resuenan a la distancia, con la ayuda de Powell, quizás lleguen a oirse más fuerte.

Por Nicolás Ponisio
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