#209. The Lady from Shanghai (Orson Welles, 1948)

★★★★ (8/10)

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Orson Welles cumple dos roles en The Lady from Shanghai. El de genio e idiota por igual. El primero, manejado desde el lado de director, se hace cargo de que la perfección este prácticamente al alcance de su mano… o mejor dicho de su mirada. Siendo la fotografía y la forma provocativa en la que filma a Rita Hayworth lo que provoca un singular enamoramiento para con el film.
Si bien está compuesto por inteligentes diálogos y todo momento protagonizado por Hayworth brilla por todo lo que vale y vale mucho, el relato tarda en adquirir un ritmo atrapante. Cuando lo hace no hay vuelta atrás. Muerte, conspiraciones, alianzas se unen en un misterio único que solo puede tener como final el sonido de un disparo. Allí es donde entra el costado idiota de Welles, el aspecto, que por contrario a lo que parece, solo un genio como él puede crear. Desde un principio se puede intuir que algo huele mal. La creciente sensación de peligro es una constante pulsión que, como ocurre en el corazón delator de Edgar Allan Poe, no para de latir haciendo temblar la pantalla.
O’ Hara (el personaje de Welles en el film) parece no darse cuenta de nada mientras que el público lo puede percibir todo. Es claro que hay un engaño, es claro que Elsa Bannister (Rita Hayworth) es sinónimo de peligro y tentación, es claro que todos los males caerán sobre los hombros de O’ Hara y sin embargo, si hubiera un cartel luminoso que le advierte que tome otro recorrido, el hombre no hará caso del mismo. Todo es tan claro como que nosotros, el público, queremos que O’ Hara caiga en desgracia porque es tan idiota como para no darse cuenta que Elsa es la maldad con curvas femeninas y es demasiada perfección junta como para pertenecerle. Tiene que ser nuestra, abrazarla en forma de celuloide y sentir la pasión de sus labios, aunque sea por un mínimo instante, antes de que todo el infierno que la envuelve como uno de sus vestidos caiga sobre el que la toque. Cierto, no se habló de la historia en sí, ¿acaso importa? Solo vale decir que logra fascinar al igual que su bella protagonista. La seducción es un arma peligrosa y Welles no teme en usarla contra el espectador. El suspiro final, puede ser tanto el de un revólver disparado como el del éxtasis culminante del film y la relación que se mantuvo con esa verdadera femme fatale.
Por Nicolás Ponisio

 

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