#111. The Awful Truth (Leo McCarey, 1937)

★★★★ (8/10)

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Como un infante que comienza a dar sus primeros pasos, durante la década del treinta la comedia hacía lo mismo dentro del cine sonoro. Mientras que el bebé varía entre gatear y erguirse sobre sus pies, la comedia se encuentra en un período de transición reuniendo los mejores elementos de dos épocas del mismo género. Las monerías y la increíble imaginación visual que se desprendía del cine de Buster Keaton y Chaplin continuaban vigentes pero la llegada del sonido exigía una renovación de esos gags. Es así como la comedia encontraría un mayor lugar y una voz más fuerte a ser escuchada, uniendo el humor slapstick (el humor en base a la acción bufonesca corporal acompañada de caídas y golpes) con la screwball comedy (un alto contenido crítico hacia las clases sociales, la guerra de sexos y la agilidad verbal que ello demanda). En pleno régimen del código de censura Hays, que indicaba qué se podía ver en pantalla y qué no, la comedia podía mofarse de ello eludiendo el mostrar el contenido sexual o erótico en pantalla y dándole forma al mismo a través del diálogo.
Es así como llegamos a The Awful Truth (Leo McCarey, 1937). No se trata de Billy Wilder, tampoco de Ernst Lubitsch, de Howard Hawks o W.S. Van Dyke. El film no pertenece a ninguno de esos directores y a la vez todos ellos están en él. La agilidad, tanto física como verbal, de la que hacen gala la dupla compuesta por Cary Grant (la siempre ficha ganadora) e Irene Dunne entra en un juego de ataque y réplica constante que significa el virtuosismo del film.
Lo que no alcanza a tener como soberbio manejo del estilo visual o la puesta de cámara, lo tiene de sobra en la precisión de un guión lleno de momentos ácidos y de química actoral. Interpretando a un matrimonio a punto de divorciarse que a la vez forman parejas para celar al otro, hacen un gran uso de ingenio e incluso complicidad que recuerdan a lo mejor del matrimonio cómico de William Powell y Myrna Loy en la saga de films de The Thin Man (1934-1947), incluyendo la participación de Smitty, el perro jugador de escondidas que por momentos parece estar por robarle el protagónico a Grant. Los juegos internos del matrimonio, sus conflictos de enredos y, como no podía faltar, el componente amoroso entre ambos (que hacia el final roza lo íntimo), se enlaza en una tensión de tira y afloja que no tiene otro fin más que el de entretener al público. En plena crisis económica, este tipo de films acerca de gente de clase alta servían para que, en parte, se oyera una voz crítica pero también para poderse escapar brevemente de la penosa realidad. Más de setenta y cinco años después, con crisis o sin ella, logra seguir funcionando de la misma forma.
Por Nicolás Ponisio
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