#882. Crumb (Terry Zwigoff, 1994)

★★★★½ (9/10)

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Robert Crumb, caricaturista underground que formó su propio estilo e hizo escuela transgrediendo el medio del cómic, es documentado dibujando, conversando con sus hermanos, relacionándose con sus hijos, todo por medio de la cámara de Terry Zwigoff (Ghost World, Bad Santa). Un intento, por parte del director, de llegar a las raíces del genio detrás del hombre.

Lo cierto es que para entender al artista, su sentido del humor y su (no) relación con el mundo, se debe ahondar en su pasado y en su familia (especialmente las influencias y conflictos psicológicos de sus dos hermanos, uno suicida y otro con problemas de acoso sexual y su madre, una ex adicta a las anfetaminas). El director logra hacerlo por medio de preguntas y relatos. Demuestra que la excentricidad que puede apreciarse en sus dibujos traspasa las viñetas y nace desde el desarrollo de esa suerte de John Waters miope y de quienes lo rodean día a día. Desde su fascinación por el dibujo a temprana edad, pasando por su imposibilidad de mantener un amorío con las mujeres y su fetichismo por los pies y los zapatos, Crumb utiliza sus vivencias para conformar los dibujos por los que es mundialmente reconocido.

Con su penoso pasado y su visión amarga de la vida actual, queda claro que no hay lugar en el mundo real para Robert Crumb, pero sí lo hay dentro del papel y la tinta. Sus frustraciones y su hostilidad hacia las mujeres se transforman en un medio de la contracultura, de lo políticamente incorrecto, en un ataque a la sociedad que lo rodea y de la cual nunca pudo ser parte del todo (y cuando pudo, a raíz de su fama y reconocimiento, no lo quiso ser). De esa manera, sus lectores ríen ante la bajeza humana que a cualquiera horrorizaría, así como Crumb ríe ante anécdotas sobre su abusivo padre o el maltrato que sufrían él y su hermano en sus años de secundaria. El público de Zwigoff también reirá más de una vez con lo registrado en su film, ya que en su rareza conviven lo humorístico con lo aterrador, pero una vez concluido no hay lugar para las risas. La profundidad que cubre la pantalla también lo termina haciendo con el corazón de los espectadores.

Por Nicolás Ponisio

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