★★★★ (8/10)

1968 marcaba la cercanía al final de una época y de un cine, de hacerlo y verlo. A la vez, permitía el inicio a muchas otras cosas. Peter Bogdanovich, reconocido crítico cinematográfico, al igual que sus colegas franceses de la Nouvelle Vague abandonaría por un tiempo su labor periodística para ponerse detrás de las cámaras. Lo que nunca dejaría de lado es su mirada analítica sobre el séptimo arte. Targets es nostalgia, simboliza pasado, presente (el de su época) y futuro (nuestro presente).

El film comienza con una secuencia protagonizada por Boris Karloff que transcurre en un lúgubre castillo. La breve secuencia no es más que un engaño hacia el espectador que, irónicamente, concluye al aparecer en pantalla las palabras the end. La escena pertenece originalmente a The Terror (Roger Corman, 1963). Si bien la obra de ficción dentro de la ficción lleva el mismo título, su director es Sammy Michaels (Peter Bogdanovich) y su protagonista, una vieja joya del cine de terror, es Byron Orlok (Boris Karloff). Ambos personajes parecen no diferenciarse mucho de quienes los interpretan. Orlok, actor cansino del género que le dio fama y Michaels, un joven que comienza a dar sus primeros pasos en el cine y que quiere aportar una mirada nueva al mismo. La línea que separa la ficción de la realidad apenas es visible. Conforme vaya avanzando el relato, desaparecerá por completo. En la anciana figura de Orlok, en su rostro lleno de arrugas y manchas, se notan nostálgicamente los viejos valores del cine clásico; donde el monstruo de Frankenstein podía horrorizar sin derramar sangre y a la vez se podía empatizar con la desgracia de su ser. Esos films continúan teniendo valor hoy en día para los nostálgicos y para aquellos que saben apreciarlo. Pero la realidad también demuestra que el público cambia y que, debido al interés del mercado, el terror es un género que se degrada con facilidad. Michaels sabe esto, y lo reconoce en una excelente escena mientras miran The Criminal Code (Howard Hawks, 1931). La pasión cinéfila y el amargo sabor de la realidad que denotan sus palabras no hacen más que deprimir a Michaels, sabiendo (o mintiéndose un poco) que ya no hay nada nuevo para contar.

El poema de amor que Bogdanovich le escribe al cine no tardará en mancharse de sangre. Paralelamente a los amantes cinéfilos, se sucede la historia de Bobby (Tim O’Kelly), donde en principio se marca el tono mas ficticio del relato, ajeno al discurso realista mencionado. Bobby es un joven de clase media que vive con sus padres y su esposa (si el director antes ofrecía una gran escena a través del diálogo, hará lo mismo desde lo técnico con bobby y su mujer, solo iluminados por la lumbre circular de un cigarro). Cuanto más tiempo en pantalla pasa Bobby, un aura de incomodidad comienza a cernirse sobre él. Es allí donde nuevamente el límite entre ficción y realidad vuelve a quebrarse. El joven siente una gran pasión por las armas, con lo cual no tardará en usarlas con todo aquel que se cruce en su camino (incluyendo familiares). Masacres sin sentido están bordadas, y continúan sumándose hoy en día, en la bandera de Estados Unidos y muchas más que las estrellas que lleva en ella. Es allí donde Bogdanovich reflexiona sobre los tiempos que corren y, quizás se entienda un poco más, el por qué de su personaje y el de Karloff por correr de ese horror para encontrar un escondite en esos viejos films.

La metáfora cobrará una mayor fuerza en el climax final donde lo clásico y la realidad finalmente se verán cara a cara. Un auto cine donde se estrena The Terror es el lugar elegido por el psicópata del relato para llevar a cabo una masacre. Escondido detrás de la pantalla de proyección y ubicando su rifle en un orificio de la misma, solo resta esperar, cual director de terror, las aterradas reacciones del público. Por más trillado que suene, la ficción supera a la realidad. Si no se puede luchar con los verdaderos monstruos, al menos siempre está la opción de recurrir a los viejos y queridos.

Por Nicolás Ponisio

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