#712. Paris, Texas (Wim Wenders, 1984)

★★★★½ (9/10)

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En 1984 Wim Wenders se adentra en el terreno norteamericano con la historia de Travis (Harry Dean Stanton), un hombre que al igual que su mujer (una hermosa Nastassja Kinski), decidió marcharse sin intenciones de volver y dejando a su hijo de cuatro años con su hermano y la mujer de éste.

Como si de una vista aérea se tratara, donde vemos a la ciudad colmada de cables telefónicos, de una suerte de líneas topográficas que atraviesan cielo, edificios y calles, el film de Wenders se caracteriza por estar dividido en más de un aspecto. Tanto por la angustia que carga en los hombros Travis, entre volver al hogar o seguir en busca de ese sentimiento perdido como también el separar una familia para unir a otra. A la vez, el relato también se encuentra dividido. Lo que comienza con el andar de este hombre catatónico por el desierto texano, del cual no se sabe nada ni pronuncia palabra, al mejor estilo antihéroe del western, dejará paulatinamente lugar a la geografía de la metrópoli. Con ella, el personaje abandonará su frialdad, los diálogos y los sentimientos saldrán a la luz, despejando las intrigas y dotando a la historia de una calidez reconfortante. Imposible no notarlo en cada aspecto de la creciente relación entre Travis y su pequeño hijo, que no veía hace cuatro años, y remarcada por la música de Ry Cooder que termina de materializar ese amor puro por medio de la pantalla.

Si bien el cambio de ambiente y la transformación del protagonista funcionan como claros opuestos, con lo cual podría tratarse de dos films en uno, otro elemento tan característico como la divisiones mencionadas es la desolación. La presencia de la misma se hará notar de manera armoniosa. Se trate del árido desierto con hoteles venidos a menos, la ausencia de rumbo y el ambiente polvoriento (todas características tanto del paisaje norteamericano como de Travis), o se trate de la ciudad de Los Angeles, de noches silenciosas, calles de los suburbios con suciedad y poco transitadas. Pero también llena de luces, el sonido de la gente al hablar y trabajar, edificios modernos, arreglados y señales que indican hacia dónde se va o las decisiones a tomar. Nuevamente todas descripciones que evolucionan de la mano del personaje. Travis comenzará a comunicarse más, cambiará su aspecto y tomará firmemente el camino de reencontrar a su hijo con la mujer a quien amó y perdió.

Wenders, poeta de la imagen, encuentra en cada elemento mundano una parte de las alegrías y tristezas de ese hombre a la deriva, demostrando que si bien sabe hacer un buen uso de la narración, en ocasiones es mejor entregarse a los sentimientos, explorarlos y materializarlos. Sea una palabra de cariño, un abrazo o la simple imagen de un hombre yendo a buscar a su hijo a la escuela.

Por Nicolás Ponisio

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