#716. Ghostbusters (Ivan Reitman, 1984)

★★★½ (7/10)

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Los ochenta. Época dorada para el terror y la ciencia ficción. A grandes artistas que supieron innovar y dejar su marca en el cine de género como Robert Zemeckis, Joe Dante y John Carpenter entre otros, por entonces se sumó a esa lista el nombre de Ivan Reitman. Si bien ya había incursionado dentro de la ciencia ficción como productor en Shivers (1974) y Rabid (1977) de David Cronenberg, no sería hasta Ghostbusters que tomara al género por las astas y lo sacudiera artísticamente al igual que el temblor que raja el pavimento de Nueva York en su film.

La película protagonizada por Bill Murray, Dan Aykroyd y Harold Ramis (los dos últimos también guionistas) puede ser acusada de no haber sabido sobrevivir bien al paso del tiempo siendo vista desde el lado del humor. Los gags, en su mayoría, resultan ser algo naíf, inocentes y que en ocasiones dejan en suspenso un remate que nunca llega. Pero los mismos son acompañados por algunos elocuentes juegos de palabras o la inclusión de referencias con contenido adulto. La tensión sexual hace presencia en más de una ocasión (¿Se considera necrofilia si una persona recibe sexo oral de un fantasma?).

Es cierto que al lado de otros films de la época a envejecido, Gremlins fue realizado el mismo año y apenas se le notan las arrugas. Pero es en esos puntos específicos, donde la ironía y el humor negro irrumpen en el contenido infantil o para toda la familia, cuando Reitman logra un fuerte equilibrio. Los opuestos no solo se atraen sino que también desbordan tal creatividad que difícilmente sea vista hoy en día. Allí es donde Ghostbusters recibe el mayor mérito, en sus diferentes variantes de originalidad. Desde la idea de una suerte de fumigadores de espectros, la comedia caricaturesca, elementos del cine de terror,  hasta el tratamiento de blockbuster y cine catástrofe con la construcción de maquetas y criaturas en stop motion. Esas características poseen un fin comercial pero a la vez demuestra algo que pocas veces se ve en este tipo de producciones: amor al cine.

Las superproducciones contemporáneas no tendrán arrugas, pero sí una inmensa carga de efectos especiales que intenta llenar en vano la falta de argumento, una suerte de lifting que afea aún más al producto final. El realismo del último Godzilla no tendrá lugar a dudas, sin embargo su carencia de ideas y sentimientos hace que, hoy más que nunca, se quiera volver a los viejos amores y abrazar con fuerza a ese malvado hombre malvavisco.

Por Nicolás Ponisio

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